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Qué se puede esperar de la literatura

Foto: Ayuntamiento de Madrid | Ayuntamiento de Madrid

Me reconozco un reaccionario de las letras, una suerte de espectador inmovilista frente a los diferentes tsunamis que se abalanzan sobre un mundo, el literario, que quizás crio polilla durante demasiado tiempo. Aun así, y siendo consciente de que la ola se acerca, como digo me siguen deslumbrando más la lista de literatos muertos que los que algún día pasarán a engrosarla, continúa atrayéndome con más fuerza el olor a página hojeada que el tacto suave del Kindle, o me siguen pareciendo más elegantes los hemistiquios medievales que los aforismos que con donaire salpican los pasos de cebra madrileños. Planteo esta especie de crítica contra mí mismo porque los siguientes renglones pretenden exponer un canto breve a la modernización de la literatura, y habrá quien ante semejante currículum decida que no estoy capacitado para ello. Posiblemente tengan razón, y posiblemente sea el momento de abandonar la columna.

Pero si permanecen aquí, permitan que sugiera que el 2019 es un año clave para seguir afianzando la innovación que la literatura moderna trae consigo. La relación entre el lector y el escritor ha cambiado, eso es evidente. Lo que antes eran pequeños semidioses a los que se admiraba por esa mezcla de precariedad y misterio, ahora se ha convertido en un exhibicionismo que a la vez es parte de la marca de su propio texto. El lector necesita volcar cada estrofa o cada párrafo en la imagen que su escritor de cabecera exhiba en tal red social o en tal programa televisivo. Precisamente por eso cada día es más necesaria la opinión del creador, lo mismo en forma de tuit, de columna o de esputo callejero. Es necesario que mi ídolo se pronuncie sobre Cataluña, sobre el feminismo o sobre esas chungas movidas entre croatas y serbios. En una palabra: el autor moderno ha de estrechar el espacio entre su obra y el consumidor. Pero, a la vez, la altura moral del escritor decidirá si lo leo o si lo dejo de leer. Un sindiós.

El soporte literario también continúa cambiando. La poesía necesita ser exhibida en una imagen. Y no lo digo por la publicación que se subirá a Instagram con tal o cual verso. Es que realmente el imaginario poético necesita eso: un quejío, una reflexión corta y certera. De ahí la proliferación casi insultante de los ya referidos aforismos, de micropoemas, greguerías, haikus o cualquier cosa que no huela a tremebunda versificación entre la Ilíada y Las coplas a la muerte de su padre. La métrica le pertenece al Pleistoceno. Sigue a su vez el auge de la poesía acompañada con música en YouTube, en recitales, en Spotify…, idea que no me parece mala, pues qué era la poesía originalmente sino un bardo con sus cuerdas y sus versos. Y qué decir de la novela. Atrás la página larga entre Proust y Hesse, adelante la autoficción con portada llamativa. Y después de la autoficción, más autoficción. Y más autoficción. En otro orden, el teatro sigue retrocediendo, pero el ensayo florece cual primavera dieciochesca. El contexto también cambia, como es normal. Los booktubers, jóvenes e irreverentes, dejan atrás a los críticos de manta a cuadros y copa de balón entre dedos índice y corazón. La lista de los libros más vendidos en tal portal influye mucho más en el potencial lector que cualquier reseña intelectualmente sosegada. Los premios atraen menos en la faja del libro que un comentario certero del último blogger. El Nobel, prestigio por excelencia, se difumina enterrado entre escándalos y cantautores. Algunos creadores cambian al editor inexistente que ahora les proporciona Amazon por un estilista de postín. Y así podría seguir glosando los encantos de la nueva literatura si no fuera porque las columnas de opinión, según se dice, no son leídas más allá de las quinientas palabras.

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