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¿Qué han hecho por nosotros los romanos?

A muchos de los miembros de mi generación les resultó fácil entender la crítica a la globalización: a fin de cuentas, todos habíamos leído los cómics de Astérix. La protesta no tenía la sofisticación y el ingenio de la creación de Goscinny y Uderzo, pero, como escribió Ismael Grasa, en los galos y su irreductible aldea era fácil ver entre bromas la defensa de una identidad nacional, una resistencia a la homogeneización estadounidense.

Una idea similar aparece en el opúsculo El vértigo de Babel (publicado en francés en los noventa, pero reeditado ahora por Acantilado), donde Pascal Bruckner, entre observaciones interesantes (como el valor pero también los costes del cosmopolitismo y la idea de que siempre implica una cierta pérdida), parece centrar su crítica a la mundialización en que esta, como la virgen del Pilar, no quiere ser francesa.

En las últimas semanas se ha visto a personajes conocidos que reclamaban el consumo de productos españoles. Ese propósito convive con el objetivo de que los desfavorecidos del mundo mejoren su condición económica. La lógica me recordó la tarde en la que mi madre decidió no comprar Coca-Cola para escenificar su protesta por la guerra de Irak. Compró Pepsi.

Juan José Sebreli ha señalado un punto ciego en la crítica a la globalización: lo que para nosotros es exótico y pintoresco, para los demás puede ser penuria y tedio: “La diversidad colorida [...] solo era percibida por el viajero, pero para los miembros locales no significaba sino pobreza y atraso”.

El imperio romano fue un gran fenómeno globalizador y disfrutamos permanentemente de sus herencias y sus invenciones. Ahora las desventajas de la globalización son otras; también lo son quienes se ven perjudicados por ella. Y cada vez son más quienes dicen que solo ellos son la aldea irreductible -que se protege del islam, de la asfixiante burocracia continental, de Bruselas y el neoliberalismo, etc.- y se muestran dispuestos a levantar una empalizada. La aldea gala era un icono del progresismo: es curioso ver que vota a Marine Le Pen.

Quizá lo que sobran son aldeas irreductibles. Yo, como la escritora Cristina Grande, me siento más tranquilo en el viejo trazado de la ciudad romana: sé que allí la civilización está bien asentada.

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