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¡Qué bien te queda el Cervantes!

Durante un par de años viví en un húmedo apartamento de porteros de una calle empinada de la desagradable zona alta de Barcelona. Muchas veces me cruzaba con un hombre cargado de bolsas de un mercado que casi nadie en su sano juicio frecuentaría (por pésima calidad y precio inverosímil) y a quien no saludaba porque mi timidez da asco.

Ese hombre que subía con sus bolsas repletas de vianda es escritor. Concretamente novelista. Precisamente barcelonés. Cuando lo observaba subir por la acera de esa calle, con su carga incluso metafórica, me decía a mí mismo: “Joder, ¡qué bien le queda la americana!”.

Sí, a pocos tipos le queda tan bien la americana (creo que los americanos lo llaman saco) como a Eduardo Mendoza.

Entrevisté a Mendoza (algunos estamos condenados, incluso en el cariño, al apellido) para Jot Down hace unos cuantos años.  La amabilidad de Anna Soler lo hizo posible. Y entonces, en un club de esos de alegres señoras que juegan al tenis mientras sus maridos la lían parda en Panamá, pensé: “¡Joder, qué bien le queda la americana!”

Reconozco que soy un lector de Mendoza atípico. Mi novela preferida suya es Una comedia ligera. Y también siento mucho aprecio por una conferencia en la que se cisca en Kafka. No sé si fue por provocación pero me pareció muy valiente. Una verdad que clama al cielo: yo nunca le he encontrado el ritmo, la gracia y el arte de narrar a un triste vendedor de seguros que vive en casa de sus padres pasados los treinta y que se imagina un insecto. Y nos lo cuenta coñazo.

Además de lo bien que le quedan las americanas, admiro en Mendoza su antiartistimo. Es un hombre amable y elegante que, por el mero hecho de escribir bien, no siente la necesidad de comportarse como un capullo sonajero ni vestir con armillas abigarradas y fulares ambiguos.

Seguramente los que viven de tertulias vocingleras lo encontrarán un tibio. Qué más da. Ahí camina él con sus bolsas del mercado. Sonriendo. Sin levantar la voz por educación en un país de zafios y feos, niña Isabel.

No es un barroco. No busques pirotecnia en su prosa. Te contará una historia divirtiéndose y divirtiéndote. Le gustaría narrar como un duro pero el humor le puede. Ha leído toda la bazofia de caballerías y le encanta aunque no lo reconozca. Ama Barcelona. Es un escritor escépticamente español. La vida le enseñó a no envidiar y a sonreír y a llevar buenas americanas (los americanos creo que lo llaman saco): ¡Qué bien te queda el Cervantes!

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