Carlos Mayoral

Que arda Notre Dame

El arte es largo; y la vida, incluso la de aquellos que ajustician con el fuego de Hugo pero sin su dignidad, demasiado corta.

Opinión

Que arda Notre Dame
Foto: Edouard MAGRINO
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

En ‘Notre Dame de París’, la célebre obra de Victor Hugo, el fuego tiene un papel esencial. El propio Quasimodo, personaje central, trasunto del hispanísimo Segismundo (no olvidemos que Calderón es uno de los artistas más venerados del Romanticismo), alude al ardor como reflejo de sus pasiones. Varias veces a lo largo de la obra se amenaza con prenderle fuego a libros, con quemar a herejes, calcinar el obispado, etc. En el XIX, siglo del simbolismo poético, el fuego es tomado como el triunfo del sol, es decir, como la imposición del poder. No en vano Victor Hugo alude tantas veces al elemento, pues aplica la justicia que la autoridad persigue. Como todo lo romántico, los personajes buscarán en todo momento escapar de esta autoridad, huir del destino cruel al que han sido condenados, esquivar la fuerza del imperio. Y no lo conseguirán, claro, por el sentido de la justicia decimonónico: siempre trágico, siempre digno.

Cuando en la tarde del lunes ardió la catedral de Notre Dame, muy rápido comenzaron a circular mensajes que hubieran abochornado a cualquier persona con un mínimo de dignidad, de ética, de espacio entre las cejas y el cuero cabelludo. Que si la única iglesia que ilumina es la que arde; que si pudiéndose haber quemado no sé qué, qué pena que se haya quemado no sé cuál; que si las verdaderas tragedias están en no sé dónde. Veía pasar las sentencias por la pantalla y no podía dejar de pensar, primero, en la diferencia entre el sentido de la justicia decimonónico y el actual, infinitamente más pedestre, más hortera; y después, sobre todo, en la importancia que le damos hoy a los símbolos, tan diferente a aquel dogma que elevaron precisamente los franceses primero, con Baudelaire, Gauguin y compañía; y el modernismo más tarde, movimiento ya sí asimilado por todas las culturas.

Hemos derribado los símbolos. El hecho de que señores ya talluditos, nada de bosquejos adolescentes, antepongan sus basuras ideológicas al valor del arte habla mucho y muy mal de este tiempo que vemos transcurrir. El arte, como principal condensador de estos símbolos, es decir, como principal responsable de elevar la representación de ciertos códigos socialmente aceptados por todos, está muy por encima de cualquier dogma, de cualquier escozor ideológico. Porque hay algo más allá de la importancia del placer estético, más allá de la asimilación sugestiva de la composición literaria, arquitectónica, plástica o musical. Es la capacidad evocadora que estas obran desprenden, hasta vertebrar incluso civilizaciones en torno al significado que tácitamente se acepta en torno a ellas. Y digo civilizaciones, sí, porque detrás de, por ejemplo, el Quijote de Cervantes, de la Novena Sinfonía de Beethoven, de ‘La última cena’ de Da Vinci o, por supuesto, de la catedral de Notre Dame, encontramos culturas completas. Civilizaciones, sí. Porque el arte es largo; y la vida, incluso la de aquellos que ajustician con el fuego de Hugo pero sin su dignidad, demasiado corta.

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