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Privacidad, ni en el baño

Cuentan de un jefe de Estado que se quejaba de la falta de privacidad y decía que solo la tenía en el baño. Va a ser que no. Ni para ese jefe de Estado ni para nadie:  no hay un resquicio de nuestra vida, una manía, un capricho, una pasión, un error, que  podamos mantener oculto.

Días atrás se ha producido un ataque cibernético a escala mundial. Ha habido temblor en  gobernantes y  grandes empresas, los expertos nos han explicado con terminología técnica lo ocurrido –solo lo entienden ellos- y se han lanzado mensajes tranquilizadores.  Lo malo no es que hackers y servicios de inteligencia que contratan hackers sean capaces incluso de poner y quitar presidentes, arruinar biografías o promover golpes de Estado,  sino que lo grave de verdad es que, sin que sea noticia, la privacidad de los miles de millones de personas que pueblan este planeta, han dejado de tener vida propia.

No hay paso por calle o plaza que no esté grabado. La seguridad, nos dicen. Aconsejan colocar un esparadrapo en el agujero de la webcam porque te pueden grabar aunque el ordenador esté apagado.  Cada vez que alguien abre el ordenador le entran docenas de anuncios de compañías aéreas, ferrocarriles, hoteles, ropa, zapatos, libros, marcas de ordenadores, utensilios de cocina, muebles o material de oficina si ha tenido la osadía de  buscar algo a través de internet, y no digamos comprar. Y ocurre algo aún más inquietante: las filtraciones sobre los documentos que se manejan en los casos de corrupción que desgraciadamente nos invaden, demuestran que ya no solo es un peligro hablar por teléfono, sino incluso hablar en casa, en la oficina o donde a uno le dé la real gana, porque las escuchas son cada vez más sofisticadas y con aparatología que ve y graba cualquier escena o conversación que  se produzca en el mundo mundial. ¿Qué para eso hace falta orden judicial? Anda ya…  Hace falta para policía, guardia civil o cni, pero cualquier desaprensivo puede contratar a otro desaprensivo dispuesto a ganarse unos eurillos poniendo a disposición del pagador sus conocimientos y artilugios tecnológicos.

Aquello de “no somos nadie” es ya real como la vida misma. Somos los que otros permiten  que seamos.

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