Pablo Mediavilla Costa

Primeras tardes con Draco

Ha llegado Draco desde Huelva, donde vagaba por la calle hasta que Miriam lo rescató. Tiene dos cicatrices en la cabeza y una en la oreja, como si le hubieran arrancado un pendiente en la encerrona de la que, imagino, consiguió escapar. Las patas, con apenas cuatro meses, indican que será grande. Se le han caído dos dientes de leche, está sano y ayer tarde descubrió el alocado comportamiento de una pelota de tenis. Le gusta el jazz.

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Primeras tardes con Draco
Foto: Nathan Lindahl

Ha llegado Draco desde Huelva, donde vagaba por la calle hasta que Miriam lo rescató. Tiene dos cicatrices en la cabeza y una en la oreja, como si le hubieran arrancado un pendiente en la encerrona de la que, imagino, consiguió escapar. Las patas, con apenas cuatro meses, indican que será grande. Se le han caído dos dientes de leche, está sano y ayer tarde descubrió el alocado comportamiento de una pelota de tenis. Le gusta el jazz.

En estos primeros días juntos he notado una súbita y placentera alteración de la vida. La rutina ha quedado fijada por sus cuatro paseos. Con el sol aun tímido salimos a la playa y a un cielo y un mar en calma. Por la noche nos adentramos en la oscuridad sin separarnos el uno del otro. Guillermo Cabrera Infante escribió que su gato siamés (nieto del del músico George Harrison) y el cosmos eran la misma cosa, «el gran abismo creado por la conciencia humana es franqueado por Offenbach todos los días con una sencillez admirable: el estoicismo animal es tan natural como la respiración».

Es una vuelta al mundo olvidado de la infancia, cuando la muerte no ha asomado todavía en el horizonte. Su presencia es una barrera contra esa imaginación estéril y dañina de la que Marco Aurelio recomendaba apartarse, la que sume al hombre en la zozobra de los caminos posibles. Los sentidos se lanzan sobre los detalles de manera automática: el vuelo de unas gaviotas, las plantas, la cadencia de las olas en la orilla, la mera presencia de los demás.

Hay un punto también de alerta, de ese miedo que va aparejado con la responsabilidad de proteger una vida que no es la propia. Mi padre me contó hace poco algo que había oído en una conferencia sobre el antiguo Egipto acerca de la diferencia entre perros y gatos. El perro, ante las atenciones y cuidados de su dueño, piensa que este es un dios. El gato, libre de los avatares de la intemperie, en su vida hogareña y silenciosa, piensa que el dios es él.

Draco es ya protector de la emboscadura en la que conviene replegarse; un lugar más mental que físico donde no llegan el ruido ni las bajezas y uno recuerda lo mucho que le gusta escuchar un disco al atardecer. Draco no hace distinciones entre personas con o sin el lazo amarillo, entre extranjeros y locales, entre gente que habla sola o pasea con su hijo. No le importa que todavía no haya president o que el país languidezca en este sótano invivible y sucio. En él tengo un guía para alcanzar lo que Francisco Casavella apreciaba en una magistral columna: elegancia, elevación, entusiasmo.

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