Ignacio Peyró

Perro como yo

Hay algo definitivamente poco frívolo en el perro, y quizá, cuando Cervantes y Shakespeare los hacen hablar, no hacían sino intuir –como intuyó Malaparte- que el encuentro de un hombre y un perro siempre es el de dos formas de dignidad.

Opinión

Perro como yo

Hay algo definitivamente poco frívolo en el perro, y quizá, cuando Cervantes y Shakespeare los hacen hablar, no hacían sino intuir –como intuyó Malaparte- que el encuentro de un hombre y un perro siempre es el de dos formas de dignidad.

Siempre hubo gentes muy suyas en cuestión de mascotas: Augusto paseó un cocodrilo, Nerval una langosta, Des Esseintes cuajó de piedras preciosas el caparazón de su tortuga y Alan Clark tuvo un don para amaestrar a las grajillas. Mi preferida, la condesa de Eglinton, tan alabada por el doctor Johnson, domesticó a una docena de ratas que –según lamento de su dueña- eran más agradecidas que cualquier persona.

El de la condesa quizá sea un comentario sorprendente en unas ratas, pero nadie se extrañaría de oírlo a propósito de un Jack Russell o un buen braco: al cabo, son incontables las gentes a quienes los perros han movido a cuidado y a piedad y han aligerado esas cargas constantemente humanas de la futilidad, la soledad y el dolor. En las páginas que dedicó a Febo –“perro como yo”-, Malaparte, rebosante de un afecto entero, no deja de hablarnos de su compañía como “reflejo de mi espíritu”: “sentía que se parecía a mí, que no era sino la imagen de mi conciencia”, escribe el italiano. Precisamente en ese “estar ahí junto a nosotros” –según Lévinas-, el perro parece delimitar una ética. Tal vez sea que la compañía es una forma superior de la misericordia.

De herencias a joyas y de pompas fúnebres a correas de Versace, no son pocas las críticas de hoy a tantos excesos como damos en tener hacia los perros a modo de “raza superior que nos domina”. No es invención de hoy: ahí estuvo el Jack Mytton que alimentaba a sus rehalas con filetes y champaña, o esa otra dama que, en el estudio de su ‘couturier’, sólo elegía las telas sobre las que sus perros se sentaban.

Sin embargo, hay algo definitivamente poco frívolo en el perro, y quizá, cuando Cervantes y Shakespeare los hacen hablar, no hacían sino intuir –como intuyó Malaparte- que el encuentro de un hombre y un perro siempre es el de dos formas de dignidad. Algo de esto está en lo que cuenta Lévinas y glosa Jiménez Lozano: en el campo de concentración del filósofo, “mientras los guardianes les miraban y trataban como el estiércol, un perro (…) era el único que les recibía como a personas, aullando alegremente”. Esas fiestas del perro eran “algo que les recordaba que seguían siendo humanos”, y Lévinas lo remacha al señalar que “nosotros fuimos hombres” gracias a ese animal. Sin duda, son cosas que pensar cuando la mirada del perro nos atraviesa “con su temor de criatura confiada” como una interpelación a nuestro amor.

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