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Paula Sueiro

Cada jueves debo escoger una foto para escribir sobre ella. Las suelo colocar en damero, en formato pequeño, y pasar la mirada sobre ellas, unas veinte o veinticinco. Normalmente alternan entre Rajoy, Iglesias, una ballena, un carro de combate, tormentas, Donald Trump, algún actor famoso, el Dalai Lama, Cristiano Ronaldo y salpicón variado de curiosidades. Las miro y las vuelvo a mirar, hasta detectar alguna de ellas que me transmite algo llamativo, especial o emocional. Una que establezca un nexo conmigo.

Esta vez, entre todas ellas, asomó la sonrisa limpia y cálida de Paula Sueiro. Cuando la escogí, no sabía nada de la terrible noticia que ilustraba. Pero para entonces, la foto estaba ya aferrada a mi corazón.

Paula había muerto en un terrible accidente de coche. Tenía 20 años y un futuro vital y artístico por delante.

20 años no es edad para morir, sino para hacer el loco en la playa, para amar y ser amado, para soñar con que todo es posible, para ser lo que uno quiera ser. 20 años es la edad en la que la vida te susurra cosas al oído y tú te dejas engañar, sabiendo que quizás son solo palabras, pero de las que abrigan el alma. Lees, caminas, amas, con la ilusión de los descubridores. Tu propia vida es un terreno sin cartografiar, nueva e inexplorada, y sin ayuda de mapas, debes vivirla.

Pero Paula no podrá hacer nada de eso, ya no. Paula era una artista que encontró a la dama negra en una carretera gallega. Una dama que no perdona y cobró su tributo de belleza y alegría.

Yo no la conocí, ni siquiera llegué nunca a verla actuar, ni a escuchar su voz. Pero en esta tarde ventosa de febrero en Madrid, cuando la lluvia golpea fieramente los cristales del tren en el que vuelvo a casa, su sonrisa me dice “hola” con frescura e inocencia desde su foto y yo siento no poder hacer ya nada por ella.

Bueno, quizás no sea del todo cierto: puedo decirle yo también “hola”, recordarla, escuchar sus canciones y lamentar el negro azar de su partida, tan joven.

Y puedo escribir esta columna. Un beso, Paula.

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