Kiko Mendez-Monasterio

Para no creérselo

Si la sociedad de la comunicación no hace más que producir robinsones, más solos que nunca, tampoco debiera sorprendernos que la sociedad de la información nos mantenga a todos ignorantes de la realidad. A veces todo parece un fake a gran escala, ya cuesta mucho distinguir la verdad de las apariencias.

Opinión

Para no creérselo

Si la sociedad de la comunicación no hace más que producir robinsones, más solos que nunca, tampoco debiera sorprendernos que la sociedad de la información nos mantenga a todos ignorantes de la realidad. A veces todo parece un fake a gran escala, ya cuesta mucho distinguir la verdad de las apariencias.

Si la sociedad de la comunicación no hace más que producir robinsones, más solos que nunca, tampoco debiera sorprendernos que la sociedad de la información nos mantenga a todos ignorantes de la realidad.

A veces todo parece un fake a gran escala, por eso no nos hizo tanta gracia la charlotada de Évole sobre el 23-F, porque ya cuesta mucho distinguir la verdad de las apariencias, como para que encima haya quien juegue con eso. No sabemos donde está el avión de Malasia -en la retina se nos mezclan las imágenes reales y las de Perdidos,- y encima nos ponemos a buscar otro en Canarias, que en vez de avión era un barco. Tampoco comprendemos que está pasando en Crimea, si allí hay una guerra o es un ensayo general que ha encargado Artur Mas, y en el que ha picado Margallo, que tuvo la mala idea de hacer la comparación, qué metedura de zarpa. Hay quien piensa que la civilización del espectáculo de la que hablaba Vargas Llosa sólo es un teatrillo de segunda. Que Putin y Obama ya se habían repartido Ucrania sobre un tablero de Risk, y que el referéndum y los movimientos de tropas son atrezzo para la escena. Es cierto que de momento hemos visto más violencia en las calles de Madrid y en la Universidad -donde el último juego del rol es matar a un policía- que en las fotos ucranianas, donde las máquinas de guerra ahora se las devuelven los rusos a los ucranianos, como si fuera una pareja de novios reñidos entregándose las fotos y el rosario de su madre.

Mejor así, en cualquier caso, que a bombazos. Pero resulta que también es falsa esta apariencia de paz. El año dos mil trece fue el de más conflictos armados desde que finalizara la segunda guerra mundial. Y eso que a Obama le dieron el premio Nobel de la Paz. Eso sí que es de no creérselo.

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