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Palomares, mon amour

1966 fue dinámico y fructífero para el cine español. De ese año son dos míticas, aunque ciertamente dispares, películas patrias: La caza, de Carlos Saura, y La ciudad no es para mí, atribuible a Paco Martínez Soria. Con el rodaje almeriense de El bueno, el feo y el malo, además, el spaghetti western obtendría carta de naturaleza y se convertiría en todo un fenómeno para uso compulsivo de frikis como Tarantino. Almería de esta manera devino en árido y abstracto escenario de un modesto taller que pergeñaba pelis del oeste con eficiencia manufacturera. Así se forjaron las coproducciones entre España, EEUU e Italia, principalmente. Kid Rodelo (con actores tan notables como Don Murray, Janet Leigh y Broderick Crawford), La muerte cumple condena, Ringo de Nebraska o Sugar Colt son algunos de los títulos más destacables de una serie de westerns lisérgicos que se estrenaron hace justo medio siglo.

España, pues, vivía un mínimo aperturismo y con la cantinela hemingwayana del hecho diferencial atrajo a toda una ristra de aventureros dispuestos a beberse las noches caniculares. Las suecas llegaron con sus bikinis haciendo las delicias del mirón de playa y piscina, personaje que, por otra parte, dio de comer a actorazos como Alfredo Landa o José Luis López Vázquez. Sin embargo, fue en ese brillante 1966 cuando Manuel Fraga, a la sazón ministro de Información y Turismo, protagonizó, con el fin de desmentir los peligros de la contaminación radioactiva, el ya célebre baño en una playa de Palomares después del accidente nuclear. Fue una hábil jugada de propaganda para no ahuyentar el parné guiri. Lástima que ese año Luis García Berlanga no se decidiera a rodar un Palomares, mon amour, que a diferencia del desgarrado film de Resnais, podría haberse convertido en otro relato corrosivo y lacerante sobre la chulesca chapuza franquista.

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