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Otro día histórico

Llevo poco tiempo “en política”, pero me ha tocado en suerte un período prolijo en días históricos. Así, a bote pronto, diría que ha sido de media uno cada tres o cuatro meses; contando con que hubo un tiempo en que Podemos nos regalaba una jornada epocal casi cada quince días. He vivido dos elecciones generales, dos mociones de censura, dos negociaciones de investidura o gobierno, dos presupuestos generales, un rosario de reprobaciones y alguna que otra defenestración. A la vez, y digo esto desde el filo de una moción de censura que nos puede llevar a un repentino cambio de gobierno después de siete años y tres legislaturas, la sensación de fondo es que plus ça change, plus c’est la même chose.

La moción que se dirime aún mientras escribo este par de párrafos, en el envés de la madrugada y con la luna llena subiendo sobre las azoteas, no tiene pinta de ser un momento definitivo. No habrá un Arturo que extraiga la espada de la piedra, sino más bien un anticlímax que muestre de nuevo la tenaz, torpe aritmética que preside la política española desde hace al menos 15 años. La izquierda no suma una mayoría de gobierno si no es agrupando bajo una candidatura o coalición intereses que difícilmente encajan con lo que algunos han dado en llamar el “régimen del 78”. Después de septiembre pensamos dos cosas: nunca otra vez bromearemos con la cuestión territorial, y nunca un partido nacional tendrá la tentación de sumar con otros que no reconozcan la soberanía del conjunto. Las dos eran falsas. Queríamos otro sistema de partidos, y por nuestros pecados se nos concedió: pero las sumas siguen siendo las mismas y los dilemas permanecen inalterados.

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