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Osama ya anda por el cielo

En la retina quedan para el recuerdo las repugnantes órdenes del gobierno húngaro. Conocido por sus tácticas retrógradas y xenófobas, propias de un estado en constante estado de emergencia, dicen que se sienten amenazados por la invasión de los refugiados.

Osama, el refugiado sirio, nunca imaginó ni en sus mejores sueños llegar a Madrid en loor de multitudes. Como una estrella mediática que abre primeras de periódicos y le persiguen las cámaras de TV.

Se ha convertido, por esas extrañas reglas regidas por la opinión pública, en protagonista de una historia de superación que tanto gusta en Occidente. Será porque ni de lejos hemos sufrido lo que ellos han pasado o simplemente se nos olvidó, y no ha pasado tanto tiempo, nuestras últimas migraciones a Europa y América huyendo de las purgas y el hambre.

La de Osama es una historia digna de Hollywood. Dos semanas de viaje. Una reportera malnacida te pone la zancadilla para grabarte una secuencia digna de un programa de zapping. Te haces viral. Encuentras a tu otro hijo en Alemania y el resto dejarse llevar.

300 millones de europeos lloran con la historia y de rebote convierten a Osama y su familia en esperanza para su malogrado pueblo. A pesar de la “cálida” bienvenida del gobierno de Viktor Orban, miles de refugiados se han convencido de que el milagro es posible.

En la retina quedan para el recuerdo las repugnantes órdenes del gobierno húngaro. Conocido por sus tácticas retrógradas y xenófobas, propias de un estado en constante estado de emergencia, dicen que se sienten amenazados por la invasión de los refugiados. No conozco al pueblo húngaro pero seguro que se caracteriza por ser acogedor y amigable. Pero Orban ha conseguido nuevamente que acciones como vapulear a las familias, repartirles comida como si fueran perros, llenar la frontera serbia de concertinas o darles la bienvenida con gases lacrimógenos, se queden en las retinas de medio mundo.

Mientras, el Quijote sirio llega a España y como un señor que es, ni menta a Petra Lazslo. Se muestra infinitamente agradecido: “Es como andar por el cielo", recalca. Dice mi compañera Olga Florez que hay que darle las gracias a él por hacernos creer que no todo está perdido.

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