Gregorio Luri

Orgullo y prejuicio

Era de esperar. Tras la conmoción inicial, ha llegado el momento del dolor de los pecados: ¿Qué estamos haciendo para que pasen estas cosas?

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Orgullo y prejuicio
Foto: SERGIO PEREZ| Reuters
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

Era de esperar. Tras la conmoción inicial, ha llegado el momento del dolor de los pecados: ¿Qué estamos haciendo para que pasen estas cosas?

Mucha gente parece convencida de que los terroristas no matan por lo que ellos dicen, sino por lo que nosotros, que estamos detrás de su conciencia viendo las razones de las razones que los mueven, sabemos: que nos matan por razones sociológicas.

¡Cuánto orgullo hay detrás de este prejuicio!

¡Qué fácil, pero qué falso, es ver a los musulmanes como poscristianos rezagados que aún no han pasado por la Ilustración! ¡Qué ingenuo es creer que si tuvieran más cultura serían tan descreídos como nosotros! ¡Qué reconfortante es pensar que “el fanatismo se cura con educación” o que si los fanáticos sólo tuviesen convicciones tibias serían unos magníficos vecinos!

Nuestro prejuicio nos permite convertir al criminal en un amoral que ni tan siquiera sabe que los auténticos culpables de lo que hace somos nosotros, por nuestra incapacidad para seducirlo.

Nuestro orgullo nos impide pensar la posibilidad de que, simplemente, los asesinos nos observen con desprecio y que lo que más desprecien de nosotros sea precisamente nuestra “moralinidad”.

Hemos expulsado lo trágico de nuestros esquemas mentales y ocultamos el rostro de los muertos porque no podemos soportar ni su presencia ni la evidencia de que, no solamente tenemos miedo, sino que ese miedo ya ha modificado nuestros hábitos de conducta. Preferimos publicar el rostro de las madres de los asesinos, porque están perplejas y si están perplejas, ya son, casi, como nosotros.

“¿Cómo ha podido ser, si era un chico tan majo?”

He leído estos días por las redes sociales -¡y pensar que había intelectuales que veían en Internet la versión punto cero de la teología de la liberación!- todo tipo de manifestaciones de histeria penitencial. Alguno se ha quejado de que “probablemente” a los terroristas “se les leía en literatura el fragmento del Cid invocando a Santiago Matamoros o matando musulmanes.” Nadie ha considerado relevante señalar que una mezquita Barcelona lleva el nombre de Táriq ibn Ziyad… quizás porque sólo los musulmanes recuerdan quién fue.

Quisiéramos estar en el lado bueno de la historia, pero nos conformamos con instalarnos en su lado emotivista. Sabemos que somos buenos porque las tragedias nos provocan arcadas. Nuestra náusea es nuestro principal motivo de orgullo y nuestro principal prejuicio. Por eso hemos criticado más a los medios que mostraban imágenes del horror que a los mismos terroristas, aunque no por ello han dejado de circular por las redes sociales los vídeos más despiadados de la tragedia, dando testimonio de nuestra hipocresía. Y, por supuesto, seguiremos poniéndonos camisetas patrocinadas por Catar.

Nuestra selectiva histeria penitencial: he aquí nuestra última virtud.

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