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Ochenta años de alma machadiana

Foto: Pedro Serafín | Wikimedia Commons

En uno de los párrafos del Mairena que, debo reconocer, más me gusta, don Antonio Machado explica que el objetivo de la poesía ha de ser la intemporalidad. Según él (y yo), las armas con las que cuenta el poeta, véanse la rima, la acentuación o la preceptiva, son elementos temporales, pero lo que realmente eterniza el verso es conseguir que el lector sienta que se halla frente a una idea que seguirá rebotando hoy en las paredes de la lírica tanto como lo hizo ayer y como lo hará mañana. Para Mairena sólo hay tres ejemplos en castellano de poesía que resiste al tiempo: los romances medievales, Jorge Manrique y Gustavo Adolfo Bécquer. El ilustre profesor cierra la explicación comparando un soneto de Calderón plagado de recursos retóricos con una estrofa de las coplas de Manrique cuya simplicidad se mastica hoy con tanta amargura como en la lejana Edad Media en que fue escrita. «La emoción del tiempo es todo en la estrofa de don Jorge; nada, o casi nada, en el soneto de Calderón», acaba diciendo.

Este 22 de febrero se cumplen ochenta años de la muerte de aquel extraordinario ser que fue Antonio Machado. Había cruzado a pie el infierno pirenaico y al llegar a la coqueta pensión de Colliure dijo basta. Había llegado al mar, que en el modernismo siempre simbolizó la muerte. Quiero pensar que ese último Machado, el que había dejado atrás los pecados estilísticos de juventud, sabía perfectamente que su arte poética jugaba ya en la misma liga que sus dos maestros, Manrique y Bécquer. El discurso machadiano, desprovisto de artificiosidades, basa su intemporalidad en una filosofía llana, de hombre que ha sido, en el buen sentido de la palabra, bueno. Y recubre esa espiritualidad apacible de un verbo agradable, sencillo, claro, natural. Veo posible que su mensaje sea inteligible dentro de cinco siglos, algo que como ya se ha dicho ocurre con Manrique, y que sospecho no ocurrirá con otros gigantes como Teresa de Jesús, Espronceda, Juan Ramón o Lorca. De la estética de Machado a mí me gusta decir que la pudo haber ideado cualquiera, pero no la ideará nadie.

Aquellos últimos días de Colliure ponen punto final a una vida mansa, salpicada con unas cuantas tragedias que no poca influencia tuvieron en sus estrofas. La guerra había hecho que todo saltara por los aires: su afán renovador con las armas que le había proporcionado la república; su relación con Manuel, fecunda y notable; el manantial sereno de su alma, que a pesar de llevar gotas de sangre jacobina nunca quiso conflictos. Cuentan que, a su muerte, su hermano José (digno poeta, por cierto) encontró en el sobretodo un verso final, el celebérrimo: «Estos días azules y este sol de la infancia». Fíjense que hasta su epitafio poético tiene rasgos intemporales: todo, desde el uso del demostrativo hasta la evocación infantil busca el reflejo propio del lector. De este lector, de aquel que ya lo adoraba en 1939, y del que lo adorará cuando sólo queden los grandes en pie.

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