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Nuevo terror del año mil

"Refn y Brubaker juegan hábilmente con las convenciones narrativas, situando en el centro de la trama a personajes que acaban por ser más bien secundarios"

Solemos dejar para el verano empresas lectoras de largo alcance, o al menos fantaseamos con ellas. Así que quizá agosto sea también el momento para ponerse una serie televisiva que no parece una serie televisiva más: las catorce horas de Too Old to Die Young, dirigida por el danés Nicholas Winding Refn y co-creada por el guionista norteamericano de cómic Ed Brubaker. Tras su estreno en el pasado Festival de Cannes, donde se proyectaron los episodios cuarto y quinto, está disponible en Amazon Prime Video. Se recomienda verla durante la noche y en pantalla grande.

Vaya por delante que no gustará a todo el mundo, pues muchos espectadores y algunos críticos la encuentran tediosa e incluso «lenta», ese curioso adjetivo que denota la expectativa de que las narraciones visuales discurran a una velocidad prefijada. Es verdad que el ritmo concebido por Refn es inusual: los lacónicos personajes tardan en responderse y abundan los travellings panorámicos que se toman su tiempo hasta revelar el conjunto del escenario. Pero el concepto funciona: la trama avanza de manera hipnótica mediante una rigurosa construcción de las escenas y el despliegue de motivos visuales que recuerdan alternativamente a Lynch y Kaurismaki. Olvídense delcliffhanger; aquí mandan las imágenes. Muchas escenas transcurren en la noche angelina, bajo el brillo del neón; otras tienen lugar bajo el sol desértico del norte de México, donde de manera audaz se desarrolla enteramente el segundo capítulo. Para colmo, Refn y Brubaker juegan hábilmente con las convenciones narrativas, situando en el centro de la trama a personajes que acaban por ser más bien secundarios; no les duelen prendas en acabar con la vida de quienes parecían destinados a conservarla gracias a su papel protagonista.

A modo de resumen: un joven policía de Los Ángeles, que trabaja también para una mafia afroamericana que le encarga asesinatos y sale con la talentosa hija adolescente de un artista excéntrico y adinerado, cruza su camino con un cártel mexicano que busca vengar la muerte de su carismática lideresa. Su hijo desembarca en la ciudad acompañado de su esposa, una joven mexicana hallada cuando niña en el desierto. Simultáneamente, el joven policía entra en contacto con una suerte de pitonisa que, desde su posición en la oficina pública que atiende a las víctimas de abusos sexuales, encarga el asesinato de violadores y pedófilos a un ex-agente del FBI que está muriendo de cáncer. Ambos profesan una fe milenarista que se alimenta de locutores de radio que hablan durante la madrugada de la decadencia moral de América y la necesidad de prepararse para el Apocalipsis. A medida que avanza la trama, también del lado mexicano se abrirá paso la creencia en un fin del mundo que es necesario precipitar a través de la violencia, mientras una enigmática Sacerdotisa de la Muerte persigue sin piedad su propia agenda: la liberación de las mujeres que el cártel obliga a prostituirse.

Se trata de un submundo lleno de violencia donde poder, dinero y sexo lo contaminan todo. Tal como ha señalado el crítico Peter Bradshaw, la serie parece entroncar directamente con ese túnel de horror en el que se adentraba el Travis Bickle de Taxi Driver, no por casualidad otro watchman que recurre a la justicia privada con objeto de frenar la decadencia moral que percibe a su alrededor. La lógica de los personajes parece sacada del Antiguo Testamento: la lucha entre el bien y el mal delinea un mundo donde ninguna institución ofrece refugio y hay comisarios de policía que profesan un credo fascista. Dotado esta vez de un sólido guión, Refn puede desplegar su talento visual, que brilla memorablemente al final del penúltimo episodio cuando el ex-agente del FBI acude armado con su escopeta a un campamento de caravanas donde debe acabar con un grupo de agresores sexuales. El director danés compone allí una asombrosa secuencia de imágenes que combinan la figuración realista con la abstracción simbólica, en alusión a la violencia fundacional del país norteamericano y al desorden anómico provocado por la intersección de soledad y supremacismo. Es, también, la visión de Norteamérica que tiene un europeo. Me vino a la cabeza el plano final de Leo, la última película de José Luis Borau: esa navaja que se abre como un símbolo.

Después de haber acumulado de manera creciente una tensión apocalíptica que se manifiesta sobre todo en el discurso milenarista de los personajes centrales, Refn hace -¡se viene spoiler!- una jugada inteligente en el último y brevísimo episodio de la serie: ¡no pasa nada! O, cuando menos, no pasa nada que no haya pasado antes; nada, en fin, extraordinario. Justo cuando parecía que algo terrible o majestuoso había de pasar. Vale decir: el apocalipsis no llega. Y es que nunca llega. A fin de cuentas, ésa es la condición de su disfrute. Al menos, hasta que llegue de verdad.

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