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Nuestro payaso

Hace meses que corre por internet una parodia de los votantes de Trump bastante graciosa. Se titula “5 razones para votar a Trump” y presenta a 5 “real americans” mostrando su apoyo al candidato. Porque es un triunfador, porque es auténtico, porque es el único que realmente ha creado puestos de trabajo, porque es un outsider, que es lo que necesita Washington, y porque puede hacer América “Great Again”. Argumentos todos perfectamente banales, que igual servirían para votar a Trump como sirvieron para votar a Obama. Argumentos que sólo se vuelven peligrosos cuando se muestra lo que ocultan y que todos sospechamos: que sus voceros son todos unos racistas.

Recordé este vídeo al escuchar el celebrado discurso de Michelle Obama en la Convención Demócrata. Y lo recordé porque creo que se entiende todo mejor si se piensa en lo que el discurso oculta: que en el fondo de todos los argumentos para votar a Trump (y en el de todos los argumentos para no votar a Hillary) se esconde el racismo. Pocas veces la superioridad moral de la izquierda había estado tan justificada. Pocas veces había estado tan clara la diferencia entre los buenos y los malos. Y pocas veces le había importado tan poco a tanta gente.

Doy por supuesto que todo adulto vota consciente de lo que perdona a los suyos. Y por mucho que cueste entender cómo alguien podría perdonarle a Trump tanta salida de tono y tanta tontería,  viendo el discurso de Michelle Obama sospecho que se le perdona precisamente por considerarla tontería; por considerar que lo importante de su discurso está en otra parte. Lo que es importante para los votantes de Trump se ve mejor en el discurso de Michelle Obama que en las gilipolleces del propio candidato.

Si los votantes de Trump son los cabreados con Obama, quizás sea porque cuando Michelle habla de su marido y sus niñas parece que América sólo es grande porque gobiernan ellos y sólo lo será mientras gobiernen ellos. Parece que la grandeza de Estados Unidos dependa de que sean sus hijas, negritas, las que despierten en una casa hecha por esclavos. No de que la Declaración de Indepencia tenga por evidente la igualdad de todos los hombres o que Lincoln, republicano, aboliese la esclavitud mucho antes de la era Obama. El de Michelle es un discurso en el que parecería que Obama es el primer Presidente sobre el que los niños escriben trabajos en el cole y el único que lo merece. Un discurso donde se dice, y no es poca cosa, que estas elecciones y todas las elecciones tratan de quién queremos que forme a nuestros hijos durante los próximos 4 y 8 años de sus vidas.

Yo empiezo a sospechar que quizás a América le pase como a España y empiece a estar inmadura para tanto socialdemócrata nórdico. Incluso creo empezar a entender por qué el discurso más celebrado de la Convención Republicana fue el de Peter Thiel, fundador de PayPal y gurú de Sillycon Valley. Un discurso que era una denuncia de la moral obamita en nombre de la libertad. Un discurso donde lo único que dijo, además de libertad y mil veces libertad, fue que es gay, que hay que construir un muro con México y que América necesita emprendedores como él y Donald Trump (sic). Y que “Make America Great Again” no quiere decir nada más, ni nada menos, que recuperar a la ilusión que sus padres tenían en el futuro. Hasta este punto tuvo que llegar Thiel para hacer comprensible el discurso que no hace Trump; el discurso que tantos suponen que se esconde tras tanto balbuceo y tanta gilipollez y que les dice a los hombres blancos de clase trabajadora que tienen todo el derecho del mundo a estar enfadados, a preocuparse de sus problemas y a pedir que no sólo no sean menospreciados sino que sean considerados al menos tan importantes como los de los negros o los immigrantes. Que tienen derecho a no querer ser suecos y a no querer que el Estado sea una niñera ni Hillary la madre de sus hijos. Y que tienen derecho a todo ello sin ser acusados de racistas, machistas ni homófobos.

El discurso de Trump es el discurso de un Obama enloquecido. El discurso que torna en identitaria la preocupación por los negros, que torna en totalitario el movimiento de base del Yes we can y en dictatorial el hiperliderazgo del carismático primer presidente negro de Estados Unidos. Pero la mejor política es moralmente elevadora. No es aquella que mira con desprecio y superioridad moral a los white trash y sus problemas, sino la que es capaz de reconciliar sus intereses privados con el bien público. Las bajas pasiones con el más alto ideal de justicia. Por eso en política la culpa es siempre del que pierde. Si los Demócratas no son capaces de ganar, no podrán culpar a nadie más que a ellos mismos. Y ni ellos ni nosotros tendremos ningún derecho a dejarnos sorprender por la decepción.

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