Aloma Rodríguez

Nostalgia y superpoderes

Fui a ver Capitana Marvel sin prejuicios ni grandes expectativas. Tenía palomitas, regaliz y una niña de casi cinco años a mi lado que estaba deseando descubrir por qué tenía rayos en las manos la chica rubia del cartel que veíamos cada tarde al volver del cole.

Opinión

Nostalgia y superpoderes
Foto: Marvel Studios
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

Fui a ver Capitana Marvel sin prejuicios ni grandes expectativas. Tenía palomitas, regaliz y una niña de casi cinco años a mi lado que estaba deseando descubrir por qué tenía rayos en las manos la chica rubia del cartel que veíamos cada tarde al volver del cole. Mi mayor preocupación era que se aburriera (las entradas son carísimas, como para abandonar la sala a mitad). Debería haberla obligado a hacer pis antes de entrar, pensé en cuanto nos sentamos. Llegábamos tarde, pero todavía faltaban diez minutos de anuncios y tráilers. Me sorprendió reconocer a Stan Lee –y acordarme de su nombre– en los créditos: no tengo ni idea de cómics de superhéroes, no distingo entre DC y Marvel. Pero recuerdo que picoteé en ellos de pequeña (me daba mucha pena el profesor X, que iba en silla de ruedas, y mucha envidia el pelo rubísimo de Susan Storm).

En la primera batalla de la película me arrepentí de no haber hecho caso a la calificación por edades: no recomendada para menores de siete años. La niña se tapaba los ojos con mi brazo. Le dije que no iban a matar a la chica porque la película acababa de empezar. No le convenció mi explicación, pero ya no le daba miedo lo que sucedía en la pantalla. Como ella, también yo iba poco a poco encontrándome a gusto en ese mundo tan ajeno a mí. De pronto caí en la cuenta: la peli transcurre en los noventa, mi adolescencia, mi eterna incapacidad para domar mi pelo encrespado –que aún conservo–, las camisas de cuadros, las botas Dr. Martens que nunca tuve y las canciones de Nirvana, REM y No Doubt. Así que me entregué a esa nostalgia indolora, a los golpes de Vers/Carol/Capitana Marvel y a sus aventuras en C-53, la Tierra, con Furia. También a su sentido del humor y sus comentarios ingeniosos (en eso sí que estaba sola en la sala) y a su discurso intencionadamente empoderante y muy eficaz, por cierto. Además del grunge y mi adolescencia encapsulada, hay dos cosas que provocaron mi entrega total: Annette Bening y Jude Law haciendo de Jude Law, insoportable e irresistible al mismo tiempo. Tres en realidad: Samuel L. Jackson.

A la salida del cine, me sentí un poco culpable porque el mundo ahora me parece un sitio más hostil y con más amenazas que en los noventa. Pero puede que solo sea porque ahora soy más consciente de lo que sucede. El futuro ya no es sinónimo de mejor, sino de incertidumbre. Entramos en una librería y uno de los primeros libros que vi fue la edición de bolsillo de La nostalgia feliz, de Amélie Nothomb. Acabé comprando uno de mis libros favoritos: El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera. Ya en casa, mi hija me dijo que cuando fuera mayor y se acordara de cuando era pequeña se pondría triste, como le pasaba a Capitana Marvel, porque siempre pasa eso. Cuando estaba tratando de explicarle qué es la nostalgia y cómo funciona me interrumpió para decirme que quería disfrazarse de Capitana Marvel en el próximo carnaval.

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