José María Albert de Paco

En el nombre del Bola

"Cuál de los dos Iglesias prohijará esa reforma, ¿el antiguo Vecino de Vallecas o el propietario del chalé de Galapagar?"

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En el nombre del Bola
Foto: Fernando Alvarado| EFE
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

Cuando Pablo Iglesias le soltó a Iván Espinosa que lo que de verdad pretendía Vox era dar un golpe de estado, sabía perfectamente de lo que hablaba. Él mismo se ha desdoblado en un sinnúmero de ocasiones para, en el patético intento de venderse como estadista (título que en España se abarata por momentos; véase el caso de Albert Rivera, que fue investido como tal por su afición y hoy pretende ejercer de ex presidente sin haber consumado el acto, jarrón de los chinos); en el empeño, en suma, de proyectar de sí una imagen de político aplomado, fiable, posibilista, etc., acabar desvelando su agenda oculta

El día 19 de marzo defendió las caceroladas contra el Rey que habían convocado las extensiones neuronales de su propio partido (esa trama asociativa “por la salvaguarda de lo público” a la que nuestro primer tautólogo llama lagente) puntualizando que, si bien su opinión sobre la monarquía era de sobra conocida, él estaba allí como vicepresidente del Gobierno. Como si debiéramos agradecerle que se abstuviera de quemar y pisotear la efigie de Felipe VI, cual es costumbre en Cataluña para conmemorar las derrotas, sin que importe cuál. Ahora, en otro de sus alardes de bifidismo (“hombre blanco hablar con lengua de serpiente”, cantaba su idolatrado Javier Krahe), ha declarado que como secretario general de Unidas Podemos está a favor de desmilitarizar la Guardia Civil pero como vicepresidente segundo no se puede pronunciar. Donde desmilitarizar, no vayamos a confundirnos a estas alturas, es un eufemismo de desmantelar.

A nadie extrañen esas reiteradas escisiones entre deseo y simulacro, máxime en un individuo que para justificar la ley contra el maltrato infantil invoca nada menos que al Bola, un personaje tan ficticio como las emergencias en que se funda su ideario.

Ah, tipificar como delito el odio a los pobres.

Miren al trasluz. De lo que se trata en realidad es de naturalizar la inquina a “los ricos”. En ese punto, no obstante, advierto un escollo. Cuál de los dos Iglesias prohijará esa reforma, ¿el antiguo Vecino de Vallecas o el propietario del chalé de Galapagar?

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