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Noches llenas de verano

Foto: LUKE MACGREGOR | Reuters

Yo siempre odié el verano. “El sol brillaba, no teniendo otra alternativa, sobre lo nada nuevo”, así arranca el primer párrafo de Murphy —de Samuel Beckett, y con la pesadumbre de quien tan solo encuentra cobijo bajo la sombra y algún otoño, aquel adolescente que yo era observaba con pavor los primeros latigazos del estío: ya están aquí las hordas de madrileños tomando las playas de nuestra Normandía (que es el Mediterráneo de nuestra infancia: las calas de Xàbia o Dénia, el pulpo seco y las gambas rojas del Faralló). Ya están aquí las trolleys atestadas de promesas y toda la tristeza del secano, amontonaditas en los vagones del AVE. Yo soy aquella niña repelente de Poltergeist: ya están aquí.

Lo odiaba como solo se puede odiar lo que ya no es tuyo (pero lo fue) porque ya es de todos. El verano saca lo peor de nosotros mismos: nuestra versión más primitiva, procaz y provinciana —el notario con pisito (renta antigua) en calle Montalbán luciendo lorza, chanclas de hilo y camisa de manga corta en a saber qué hotel de Calpe. El Marca bajo el brazo, la ‘cañita’ a media mañana y la doctrina de la media pensión: pocas cosas más tristes en la vida que la media pensión y el desayuno bufé, escuchando berrear a ese ejército de mocosos con Peppa Pig (o peor: un youtuber) en la pantalla del iPad, ¿y a esto le llamas verano?

Me negaba a llamar verano a esta tontería del sudar para nada (qué cosa tan vulgar, sudar para nada); a tantos chiringos con sus servilletas de papel y sus matrimonios grises como “un torero / al otro lado del telón de acero”. Tintos con Casera, paellas congeladas y la canción del verano. Tomás Roncero, los tirantes de silicona, las colonias baratas, el ‘lambrusquito’ —y el tiramisú de las narices. Las plantas artificiales, los perros maleducados (o sea, sus dueños) y la contraportada del AS. Casi todas las fiestas regionales, los trapitos “tan veraniegos” de Desigual y El laberinto de los espíritus de Carlos Ruiz Zafón: será el posavasos de todas las piscinas. Despacito. “Firmo en las paredes de tu laberinto, Y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito”. Des-pa-ci-to.

Yo pensaba, qué cosas, que el único verano soportable era el de la memoria y el aire acondicionado. Pues bien: me equivocaba. Porque verano es (puede ser) ordinariez pero también epidermis; la brisa de media tarde y tantas «Noches azules» (Joan Didion, en Mondadori) como metáfora de esas semanas, “en que los crepúsculos se vuelven largos y azules” y “uno piensa que el día no se va a acabar nunca”. Unas espardenyes de Castañer, las lonjas de pescado y el peso de la toalla sobre tus hombros: tu única carga. El Manhattan de Juan Marcos y Carla en el Bar Lemon de Port Es Castell (en Menorca) y el sashimi de ventresca del Hotel Antonio en Zahara de los Atunes. Summer Wind, las noches de llenas de verano y tantas canciones de Sinatra, “Era música para hacer el amor; en las playas, en los atardeceres suaves de verano; en casitas a orillas del lago; en yates, en taxis, en cabañas”.

En verano cada día es una hazaña y el niño que fuimos nos recuerda el hombre que podríamos ser. Ese que olvidaremos en septiembre.

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