Julio Tovar

No podemos tener un final feliz

En el centro social La Morada, cerca de Arganzuela en Madrid, cuelga un cuadro que cuenta la breve e intensa historia de Podemos. Con un estilo juvenil, de tebeo, que recuerda a las primeras campañas del PSOE en la Transición, se parece a un romance de ciego. En este se iguala el partido de izquierda al pueblo y lo enfrenta a unas “fuerzas del mal” tan tópicas como banqueros, políticos o empresarios. Unos Quijotes barbados que tenían como armadura camisas de cuadros y polos oscuros frente a unos gigantes afeitados y neoliberales cuyo gabán era el traje y corbata…

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No podemos tener un final feliz

En el centro social La Morada, cerca de Arganzuela en Madrid, cuelga un cuadro que cuenta la breve e intensa historia de Podemos. Con un estilo juvenil, de tebeo, que recuerda a las primeras campañas del PSOE en la Transición, se parece a un romance de ciego. En este se iguala el partido de izquierda al pueblo y lo enfrenta a unas “fuerzas del mal” tan tópicas como banqueros, políticos o empresarios. Unos Quijotes barbados que tenían como armadura camisas de cuadros y polos oscuros frente a unos gigantes afeitados y neoliberales cuyo gabán era el traje y corbata…

La historieta, con esa ternura del creyente, se ha trocado en estampa funesta, cual Dorian Gray, con el caso del chalé de Pablo Iglesias e Irene Montero. Otra filtración, perdón, investigación a Eduardo Inda ha alterado este relato blanquinegro de Podemos a grises que viran en negros. La solución surreal del referendo, propia de los sketch de John Cleese y Graham Chapman sobre el sindicalismo británico pre-Thatcher en La vida de Brian, parece revelar cómo detrás de esa representación novelesca y muy cristiana caperucita no era tan inocente, ni el lobo un gran caníbal.

Recapitulemos a ritmo de los golpes de ese bastón de ciego: éxito y unidad en las europeas de 2014, caída de Monedero en 2015, defenestración de Errejón en 2017 y pérdida constante de votos a cada purga interna. Con la economía recuperándose lentamente, olvidando la calle, la propia organización con un poder vertical absoluto, contrapuesto al sistema horizontal de la CUP, obligó a que cada crisis conllevara la marginalización entera de disidentes. Las facciones enfrentadas en la revolución francesa, cita Chateaubriand en sus Memorias…, solo se “unían para destruir”; Podemos solo creció cuando su activismo unía en contra de ese enemigo global, esa bruja de cuento, que era la casta, y aparecía como salvación para las sufridoras clases medias y bajas del país. El 15M, que inauguró la universalización de las plataformas horizontales -ineficaces quizá-, fue reemplazado rápidamente por un sistema feudal donde Iglesias controlaba ese estupendo eufemismo llamado “los procedimientos”.

El chalet de chocolate de estos nuevos Hansel y Gretel llamados a ser diabéticos ha alterado en pesadilla una historia que merecía un final más feliz. ¿Por qué? Porque detrás de Podemos, detrás de las organizaciones y publicaciones, existía una masa social que lanzaba un grito de igualdad ante una crisis que pagaron entera: aquel joven que se tuvo que ir con varias licenciaturas, ese científico que cayó en la purga generalizada de las universidades en investigación, casi todo ese sector servicios temeroso de ver el cartel de “cierre”; habitual en las ciudades levantinas arrasadas por la debacle del ladrillo. Miles de ratones, recordando aquella fábula, que siguieron la melodía de flautín de los años de crecimiento y despertaron con seis letras del piso a deber como precipicio sin fondo.

Pero ese era otro cuento: volvamos a Pablo y Gretel, Hansel e Irene, encerrados en su paraíso rural. Uno se imagina a un viejo Iglesias reprendiendo a sus dos niños mellizos correteando en el salón, mientras ordena otra vez esos libros de activista que devoró en la juventud.

Entre la hojarasca de marxismo plexiglás, de Negri a Gramsci pasando a Marcuse y tiro porque me toca, estaría una desvencijada copia de su tesis sobre los movimientos “de acción colectiva postnacional”. En perspectiva, otro cantar de los cantares, otra narración mitológica, donde mezcla sin fin u orden toda la jerigonza que lideró Ignacio Ramonet durante años en esa gran revista de fábulas y fabuladores que era Le Monde diplomatique. A medida que desaparecían los economistas de la extrema izquierda, todo se llenó en esas publicaciones de poetas, de filósofos, de gente fuera de la realidad. La intensidad y los adjetivos taparon a los números y el viejo marxista de jersey de bolitas y gafas de pasta de ministro franquista, figura habitual en los ministerios patrios, comprendió muy pronto que su tiempo había pasado. La aportación en esos mundos de Toni Negri, el particular profeta del joven Iglesias, fue recordar de manera más instintiva que científica cómo debía analizarse el sistema y quizá deconstruir que la alienación era un arma tan poderosa en el enemigo capitalista como en el aliado marxista.

Iglesias, ciego a lomos de su quimera, sin nadie que le señalara desnudo, utilizó esa arma transversal con verdadera y envidiable maestría en todos los canales financiados por Jaume Roures. Todo este relato heroico, de príncipe valiente pobre y becado frente al dragón capitalista, se vino abajo gracias a ese hogar encantado perdido en Galapagar; nombre que parece ya propio de novela de caballerías bizantina, de las que se carcajeaba el clásico. Descubierto que este dragón era menos malo de lo que parecía, en el estilo guasón de la película de Disney Pedro y el dragón, Pablo se fue con él de birras a Malasaña y en su borrachera canallita, tan Bardem, se dejó la ideología y la muñequera de pinchos.

Retomemos, con todo, a ese Pablo viejo, en su primera senectud, un domingo soleado. Aburrido, expulsado de la política a lo Julio César, hojea con melancolía la tesina que le dio el doctorado de políticas en 2008. 576 hojas sobre movimientos sociales, anécdotas personales -más paja que praxis- y una evocación sentimental de un tiempo y un activismo. Fuera del autobús urbano en Bolonia, fuera de los Tute Bianchi, de la pancarta como medio de vida, detrás de tanta protesta y paleo cristianismo acaricia lentamente con la yema de los dedos la cita inicial de Negri:

“Estos chicos no son menos revolucionarios que los bolcheviques pero son mucho más inteligentes; son conscientes de que modificar la sociedad hoy significa pasar a través de las conciencias”

“Las conciencias modificadas” recibieron un jarro de agua fría la pasada semana, un torrente helado, al descubrir que el Quijote era más bien Sancho y que los gigantes nunca pasaron de ser molinos.

Julio Tovar

Julio Tovar

Licenciado en Historia y Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado y colaborado en Jot Down, Cine 2000, eldiario.es, ABC o El Mundo.

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