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No pasar, paraíso.

Puedo hablar sobre el paraíso. Es un lugar real que por momentos desaparece. Camino entre lirios como bocas de dragones imposibles y las miro preguntándote cómo han podido llegar a ser tan bellas. Imagino los millones de años de evolución que han esculpido esos labios llenos de néctar sobre los que se posa la abeja. Han encontrado una armonía perfecta. La flor no se molesta, al contrario, atrae a la intrusa con su aroma. La necesita para que cargue sus patas de polen y vaya a la siguiente flor, ¿pero y las personas? ¿Cuál es nuestra misión en la naturaleza? ¿Ser sus policías? ¿Ser un depredador clave en la cadena trófica? ¿Qué rol puede conseguir que nos integremos entre nosotros, en el ecosistema, volviendo a encontrar un lugar feliz, plácido y útil en el jardín del Edén?

Recientemente he visto un documental llamado Santoalla. No me pareció una obra maestra de la narrativa audiovisual, pero me gustó mucho lo que cuenta y cómo lo cuenta. Es la historia de dos holandeses, Martin y Margot, que tras pasar varios años viajando por toda Europa en una furgoneta Camper, deciden asentarse. Hallan un pueblo semi derruido, casi abandonado por completo, en una aldea perdida de Galicia. Les parece el paraíso, o les parece que puede serlo si se ponen a trabajar con entusiasmo para construirlo. Allí compran una casa con unas tierrucas, e imbuídos por su sueño, se instalan junto a la única familia que aún reside en la aldea. Enseguida queda claro que han cometido un error.

El documental va mostrando -más por accidente que por filosofía- lo imposible que es construir un paraíso cuando se comparte con otra mirada opuesta y confirma, de forma bastante previsible, este dicho tan español de “más vale estar solo que mal acompañado”. ¿Pero quién es “la mala compañía” entre estos dos modos de vida opuestos? ¿Los que escogieron acompañar? ¿Los que no escogieron ser acompañados? ¿Todos a su manera? Su drama común me hace reflexionar sobre la maldad y la bondad y sobre aquello tan precioso que dijo Thoreau: “guárdate de la bondad de los demás” y que mejoró Oscar Wilde: “las peores obras parten de las mejores intenciones”. Su drama me hace decir a mí: no podemos imponer el paraíso o Dios nos libre de la Arcadia ajena.

Sin el otro, no hay moral. No hay maldad y bondad. Con el otro, tus mejores intenciones son el infierno, si pretendes hacer que cambie su modo de vida. Y este es el problema de tratar de construir una felicidad para todos y llamarlo: un sistema mejor.

En Santoalla hay una familia que vive en su cueva, en total aislamiento. Trabajan la tierra, no se molestan en allanar los caminos, no tienen interés por la estética propia o la de su entorno. Y no son buenos, ni malos, porque la moral no existe en soledad. Llega otra familia, con una serie de buenos valores, o que los demás, desde fuera, podemos aceptar como bondadosos: recuperar el lugar, dar clases de meditación o de pintura o de agricultura ecológica para que el pueblo se llene de vida… ¿Pero no es esto el infierno para los pobres diablos que vivían allí? ¿Por qué no consideramos un paraíso vivir en el desorden, en el abandono, en la total falta de censura y sí lo es querer plantar un precioso huerto simétrico y estéticamente perfecto? ¿Acaso no se le puede aplicar esta moraleja a todos los intentos forzados de construir una Arcadia feliz?

Para terminar de profundizar en esto de los edenes manufacturados, los edenes que no han surgido de los siglos de convivencia entre especies sino de la idea genial de algún hombre, o de algún colectivo, hay otro documental, aún más tremendo. Es brillante y en su día me dejó mucho más pasmada que Santoalla. Se titula El Affaire Galapagos: satán vino al Edén y cuenta la historia de un médico y filósofo alemán que en 1929 decide venderlo todo y convertirse en un Thoreau de la vida junto a su mujer. Ambos compran materiales, herramientas, semillas y se embarcan hasta la isla Floreana, un lugar deshabitado del archipiélago de las Galápagos. Allí, construyen una casa, un huerto, una vida, hasta que su historia sale en un periódico alemán y un día se les presenta otra familia, en plan vecinos, que cada poco necesita de su ayuda. Más adelante aparece una aristócrata chiflada que pretende construir un hotel y ya la cosa es tremebunda. Hay que verlo. Yo lo hago de cuando en cuando, para recordarme que así, sola, tan alejada del bien y del mal, cuidando de mis flores, mis hijos, mis abejas, soy el único paraíso en el que puedo confiar.

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