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No nos dejes caer en la tentación

Han pillado al senador Espinar con un par de aquellas Coca-colas que pretendía prohibir. Y le han acusado de hipocresía e incoherencia. Injustamente, a mi parecer. Porque el único vicio de Espinar ha sido el de no ser lo suficientemente fuerte como para resistir a la tentación. Y lo único que debería preocuparnos es que ese vicio privado pretenda hacerse pasar por virtud pública.

 

Porque lo que le pasa a Espinar cuando pretende prohibir la Coca-Cola que tanto le gusta es exactamente lo mismo que les pasaba a aquellos conservadores que se oponían a la ley del divorcio hasta que pudieron divorciarse, y a aquellos islamistas que esconden a las mujeres tras el burka y al porno bajo el colchón, y a aquellos ricos comunistas que esperan que alguien les prohíba el capital del que tanto les pesa difrutar. El vicio de Espinar y de los suyos es el viejo vicio puritano de prohibir algo, no porque nos repugne, sino porque podría llegar a gustarnos demasiado. Es el vicio del no osar poder querer. Es el vicio, en fin, de los enemigos de la libertad, que confían a la ley lo que no son capaces de exigir a la virtud y que creen que para ser bueno basta con no tener ocasión de ser malo. El vicio de Espinar y de su partido es, en fin, el creer que la ley puede y debe hacernos virtuosos; que si no somos capaces de resistir a la tentación, la ley está para hacernos fuertes. Creer que, como decía aquél, si no somos capaces de liberarnos de nuestros apetitos, nuestros egoísmos y nuestras bajas pasiones, deberán obligarnos a ser libres.

 

Lo único que cabe esperar de este nuevo y ridículo escándalo es que ayude al bueno de Espinar a alejarse un poco más del vicio de prohibir para ejercitarse en la virtud del prohibirse. Aunque sea esa segunda Coca-Cola, que por algo se empieza.

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