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Ni una palabra de belleza será en vano

La escritura puede ser lenta, pero su reclamo es urgente. Rilke recomendaba a los poetas ir macerando los versos en sus adentros hasta que –maduros de sentido- fuese tiempo de decirlos antes de la muerte.

“Escribiéndote empiezo la jornada, / regreso a mi locura y soy feliz”.

La escritura puede ser lenta, pero su reclamo es urgente. Rilke recomendaba a los poetas ir macerando los versos en sus adentros hasta que –maduros de sentido- fuese tiempo de decirlos antes de la muerte. Y todavía se ha afirmado la necesidad de una cierta pedagogía o aprendizaje literario por otro motivo que linda con esas cuestiones ultimísimas de la muerte y de la vida: sin ayuda de la literatura, afirma Jiménez Lozano, “la mayoría de los hombres” sólo se percataría de tantas bellezas y fragilidades, de tantas honduras y deslumbramientos del mundo, “un cuarto de hora antes de morirse”.

La escritura y la conciencia de la muerte caminan juntas a su vez. Ahí está la angustia tan humana de escribir lo que uno tiene que escribir, donde todo aprovechamiento es poco y toda ociosidad es culpa. Es un apremio doloroso y real. Incluso, con su dosis de mixtificación, los propios problemas de la creación literaria no han dejado, a volandas de una cierta destemplanza romántica, de equipararse a los dolores de parto. De entonces a esta parte, equiparar la escritura con la felicidad no es de bon ton. Y, sin embargo, en esa intuición había una percepción muy honda: el pensar que la mayor urgencia y el mayor placer de la escritura son coincidentes. Y que no consisten sino en honrar una vocación que es un privilegio.

A la vocación no le podemos pedir felicidad: es ella la que pide. Y ahí está una de esas raras lecciones de paradoja que tienen lectura y escritura: el saber que la felicidad que recibimos –como en tantas instancias de la vida- dependerá de la entrega que damos. Pienso ahora en Madame de Sevigné, que ordenaba el silencio a sus criados para no turbar el gozo puro, insuperable, de redactar sus cartas. “Escribiéndote empiezo la jornada, / regreso a mi locura y soy feliz”. Ella también sabía de la convicción de fondo que anima a quien escribe: esa fe última en que ninguna palabra de amor o de belleza será en vano.

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