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Foto: ALBERT GEA | Reuters

Pues claro que no hay que darles nada a los independentistas. Porque ni al independentista ni a nadie le contenta que le den lo que considera suyo. Y por eso todo lo que pretende ser una concesión se recibe como humillación. Por eso no se les puede contentar con una reforma Constitucional, ni con más competencias ni con un blindaje de cultura y educación ni con una mejora del sistema de financiación autonómica. Nada de eso es suficiente para los independentistas. Y uno de los grandes logros y de las grandes desgracias de este proceso es que esto ya es evidente para todo el mundo. Excepto para De Guindos, que ayer mismo se ofrecía a “hablar del sistema de financiación y otros asuntos si los planes para la independencia se retiran”.

Pero los planes para la independencia no se retiran. Y no se retiran porque los independentistas, como decía García Domínguez, “no se están jugando 15 años de cárcel para conseguir un apañito de la financiación autonómica”. Cree De Guindos y supongo que algunos con él que es posible volver al 2012. Como si nada hubiese pasado. Pero aunque fuese posible volver atrás, ya en el 2012 este apañito era insuficiente. Porque lo que pedía el Presidente Artur Mas no era el dinerito sino “las llaves de la caja”. Lo que pedía Artur Mas no era un nuevo pacto o una nueva cesión, provisional y condicionada por definición, del Estado. Lo que pedía Mas era soberanía fiscal. Y como hemos ido aprendiendo desde entonces, aunque lenta y dolorosamente, la soberanía ni se pide ni se discute sino que se ejerce. 

El problema no es qué puede darse a los independentistas para que retiren sus planes. No es a los dirigentes independentistas, a quienes hay que convencer, sino a la mayoría de los votantes catalanes. Y aquí el auténtico problema está en lo que escribía Cristina Losada: “la solución política es hacer, por una vez, lo que no se ha hecho nunca. Dejar meridianamente claro, desde ya, que no habrá trato de favor y no se dará nada, pero nada, que no corresponda. Como al niño mimado. Llega un día en que hay que decirle que no, que se ponga como se ponga se le va a tratar igual que a sus hermanos.” Pero el votante independentista no es un niño que llora porque se le diga que no, sino alguien que ha dejado de esperar permiso. Y el problema no es que se mime o se castigue a las instituciones catalanas, sino que se las trate como a niño. Dudo mucho que de este proceso se salga con nada parecido a una “solución política”, pero me parece evidente que esta no podría ser, de ningún modo, la perpetuación del paternalismo de Estado.

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