Laura Fàbregas

Nadie hizo nada

"Este miércoles en el Supremo hemos vuelto a ver la renuncia flagrante de los líderes del procés a la asunción de responsabilidades"

Opinión

Nadie hizo nada
Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

«Nadie dice nada, nadie vota nada y todo el mundo se va a su casa». Estas palabras de Xavier Melero, abogado de Joaquim Forn, pusieron en evidencia las contradicciones del procés. Unas contradicciones que algunos señalamos desde hace tiempo, pero que los independentistas más hiperventilados no han podido ver en los medios destinados a mantener viva la esperanza de las masas. Y que con el infantilismo que caracteriza el movimiento tampoco han querido nunca admitir.

Pero todo fue una gran ficción. Eso sí, las ficciones también tienen consecuencias muy reales. Ni iban totalmente en serio ni eran tan cínicos —a excepción de Mas— de ir solo de farol. Sin liderazgos claros y por miedo a ser llamados traidores siguieron adelante con su plan. Deseaban la independencia pero no la querían, dado que esto último implica aceptar los costes. Sin medias tintas. Sin victimismo. A por todas.

Este miércoles en el Supremo hemos vuelto a ver la renuncia flagrante de los líderes del procés a la asunción de responsabilidades. Solo Jordi Cuixart ha expresado su voluntad reiterativa, pero ha matizado que no cree que su desobediencia merezca «reproche penal». El compromiso político de Cuixart, no obstante, ha mutado: del independentismo a la lucha por la «democracia», los «refugiados» o los «mares de plástico». Quizás se deba a su paso por la cárcel.

Lo que se ha visto con sus alegatos finales es una mezcla de abnegación y pensamiento utópico. También esto es humanamente comprensible tras el paso por la cárcel. Buscar una respuesta personal a la derrota política.

El movimiento seguirá. Ruido, caceroladas. Elecciones. Votar sin romper la legalidad. Desobedeciendo, finalmente, a su república. Y, como dijo Melero, todo el mundo a su casa.

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