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Nadie hablará de esta finca

Los triunfos en la vida son efímeros. Es la vida misma. En Mineápolis. Y en todo el mundo. El poder del dinero

Contrastan la nieve y el hielo con el humo. Impresiona la fachada, tiesa, erguida en la catástrofe. De inicio pensé que era un decorado de Hollywood. Pero no es ficción. El edificio, donde habitaban personas modestas en convivencia con una mezquita, se derrumbó tras una explosión. Mineápolis es una ciudad fecunda, crecida al amparo del agua, de nivel cultural y artístico, hospitalaria con escritores y poetas, y regada de notas musicales. Tiene, como todas las urbes, distritos altos y bajos. Y estas cosas, los dramas, suelen suceder en los barrios en los que los días parecen la noche y las noches parecen espejismos o alucinaciones que te conducen a amaneceres oscuros. En calles donde pululan forajidos, con foulard o sin él, para tejer y destejer pasiones, amores, sueños y quimeras. Y donde, en la necesidad, los bandidos buscan la luz de las farolas para cotejar el trinque.

La foto es bellísima. Un bombero, en la soledad de una escalera extendida al máximo, apaga los rescoldos y, volando sobre la esquina, quizá susurra al frontispicio elogiando su vigor para evitar el desplome total. Tres operarios aparentan cotejar algo con la cartografía y otros tres caminan y dan la impresión de haber culminado su tarea.

Pero los triunfos en la vida son efímeros. Quizá el frontis que aguantó la embestida feroz de la explosión y las llamas haya sido ya derribado para, de la nada, construir de nuevo. Ni los Sioux que poblaron el Estado de Minesota le salvan la vida. Y seguro que alguna constructora se alegra, porque asoman tras el humo y en la esquina de la imagen edificio elevados a los que incomodan vecinos con historia, como el que ha sido ya pasto de las llamas. Es la vida misma. En Mineápolis. Y en todo el mundo. El poder del dinero. Como en la película de mi amigo Tano Díaz Yanes, nadie hablara de esta finca una vez que ha muerto.

 

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