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Muñecos rotos

“En Hollywood pueden pagarte 1000 dólares por un beso, pero sólo 50 centavos por tu alma”. La sentencia crematística de Marilyn Monroe describe a la perfección la voracidad despiadada que ha hecho famoso al show-business californiano. Una máquina bien engrasada con el único fin de ganar dinero aun a costa de destruir las frágiles almas de sus iconos más célebres y rentables. De vez en cuando, de entre los posados acariciados por las cámaras y las declaraciones premeditadamente insulsas, se cuelan espectros para recordarnos que empeñaron su alma por 50 centavos. Tal es el caso de Charlie Sheen, un actor que, sin aparentes grandes esfuerzos ni demasiadas aptitudes, podía haberse convertido en algo más que en triste caricatura de sí mismo.

Gracias al apellido paterno, el chico Charlie enseguida descolló en una nueva generación de actores. Debutó enAmanecer rojo, película de culto del atrabiliario John Milius, protagonizó Platton de Oliver Stone y, en 1987, apuntó interesantes maneras con Wall Street, también de Stone. Sin embargo, Sheen prefirió los proyectos inanes de dinero fácil. Tanto es así que acabó ganando mucha pasta en productos audiovisuales de chiste manido y risa enlatada.

Todo lo demás ha sido un puro despropósito de días sin huella entre recauchutadas actrices porno y montones de cocaína. Recientemente reconoció ser portador del virus del VIH, aunque parece ser que olvidó comunicarles antes a sus parejas de cama el mínimo detalle.

En fin, tal vez las peripatéticas andanzas de Sheen no sean más que las de un niño pijo a quien todo le ha sido regalado sin apenas esfuerzo o puede que, detrás de su desmontada historia, exista la voluntad de señalarle al mundo la cara oscura de la luna plateada sobre el Monte Lee de Los Ángeles.

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