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Muerto sin cuadros

Ha muerto Cornelius Gurlitt. Ha pasado la vida mirando sus cuadros, que no eran suyos, porque los heredó de su padre, que los debió comprar por cuatro perras a judíos en tiempos de Hitler. ¿Qué historia vería Cornelius en cada cuadro de su colección?

Ha muerto Cornelius Gurlitt. Ha pasado la vida mirando sus cuadros, que no eran suyos, porque los heredó de su padre, que los debió comprar por cuatro perras a judíos en tiempos de Hitler.
Yo tengo una colección de cuadros, que, en total, valen mucho menos que un cuadro de los que tenía Cornelius.

Les tengo cariño. Cada uno tiene su historia. De algunos, recuerdo el precio, en pesetas. Hasta podría decir por qué los compré y los plazos en que los pagué. La pequeña historia de cada cuadro, en la que hay ilusión y cariño.

¿Qué historia vería Cornelius en cada cuadro de su colección? De ilusión y cariño, de esfuerzo económico para comprarlos, de recuerdos familiares, nada. Eran cosas bonitas, de buenas firmas, formando una colección que muchos envidiarían. O envidiaríamos.

Realmente, ¿la envidiaríamos? Seguro que no. Porque una colección con semejante origen sirve para a) contemplarla, día tras día, hora tras hora; b) presumir delante de unos pocos amigos, que no se lo cuenten nunca a nadie; c) dejársela en herencia a tus hijos, sabiendo que les haces una faena; d) venderla, en negro, para tener mucho dinero en negro, bien guardadito debajo del colchón, ir sacando unos euros de vez en cuando para gastártelos sin excesivas demostraciones de lujo. Esto exige que el que te compre los cuadros no te pague en billetes de 500 euros; e) una variable de d) es ir vendiendo cuadro a cuadro, sacando menos euros, pero los suficientes para ir tirando.

¡Pobre Cornelius! Se ha muerto después de dedicarse fundamentalmente al apartado a). Quizá hizo algo del e). Pero ¡qué vida! Ser rico y que no te sirva de nada, ni para pasártelo bien en la Polinesia.

No sé qué pasará con los 1.000 cuadros. Devolverán algunos a las familias que puedan demostrar que eran suyos. Venderán algunos a alguien que le pondrá ilusión, anotará el precio y los plazos en los que los ha pagado.

Pasarán otros a algún museo y los exhibirán. Y volverán a ser objetos bonitos para contemplar.
Es una historia penosa. Nadie se ha beneficiado. Y para colmo, el que podía haberse beneficiado, se muere.

¡Qué triste, de verdad, qué triste!

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