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Monsergas de la ONU no, gracias.

Ha sido nada menos que la ONU, su Alto Comisionado para los Derechos Humanos, el que ha levantado la voz desde su púlpito imaginario para criticar a la Unión Europea por su “política migratoria cínica”. ¡Qué cosas dice!

En esa plaza, la Minoritenplatz, en la que ven a vieneses consternados por las trágicas muertes en el Mediterráneo de estos pasados días, predicaba hace más de tres siglos contra los pecados del mundo un iracundo dominicano. Era Abraham de Santaclara, el más soberbio orador de la cristiandad germana en el barroco. Fascinaba con su verbo a las masas y las consolaba en las grandes tragedias como la peste de 1680 o el asedio turco de tres años después. Pero según cuentan siempre regañaba a su audiencia porque daba por hecho que se merecían todas las pruebas que Dios les mandaba.

Ahora ha alzado la voz un predicador más soberbio, más vulgar y con mucha menos autoridad que aquel gran compositor de brillantes diatribas. Ha sido nada menos que la ONU, su Alto Comisionado para los Derechos Humanos, el que ha levantado la voz desde su púlpito imaginario para criticar a la Unión Europea por su “política migratoria cínica”. ¡Qué cosas dice! Nada menos que la organización de las Naciones Unidas, sin duda uno de los organismos más corruptos del mundo y de la historia, por su mera composición. Y su Alto Comisionado de Derechos Humanos, siempre marcado por la filosofía reaccionaria y antigua, inspirada en un costroso anticolonialismo que invariablemente echa todas las culpas de todos los males a los países desarrollados de Europa y Norteamérica. Con un discurso siempre dominado por la letanía de que los bancos capitalistas son los culpables de todos. Son todos los peores gobiernos, las más siniestras satrapías y teocracias, las más violentas dictaduras y los más sórdidos caudillos del planeta, todos están allí representados como si fueran estados decentes democráticos y todos decididos a ejercer de jueces morales sobre las democracias desarrolladas. Y éstas, para no verse acusadas de arrogancia colonial o imperial, callan ante las impertinencias de la ONU a sabiendas de que la pésima reputación  de ese Alto Comisionado hace inanes tanto sus opiniones como sus actuaciones. Lo que por supuesto es una desgracia terrible para tantas situaciones dramáticas en las que convendría tener un organismo internacional global con prestigio y garantía de eficacia.

Lo cierto es que la Unión Europea se enfrenta a un inmenso drama y dilema con la ya consumada transformación de Libia en un estado fallido controlado por las mafias traficantes y el yihadismo del Estado Islámico o Daesh. Y habrá de plantearse como acabar con una situación que se hará insostenible probablemente muy pronto. La cuestión vuelve a estar en buscar soluciones que no sean desde un principio peores que el problema a resolver. Porque miles de cadáveres en el Mediterráneo son un drama insufrible. Pero no hay que ser cínico para entender que cientos o miles de cadáveres de soldados europeos no lo son menos. Lo que está claro es que Europa tendrá que tomar decisiones y muchas muy dolorosas, costosas y quizás peligrosas. Y desde luego no pasan las soluciones por abrir las puertas a una inmigración descontrolada que al final regularían a su capricho los dictadores y gobiernos siniestros e ilegítimos que pueblan y controlan la burocracia de las Naciones Unidas. Europa tiene sus fronteras y sus leyes y han de ser respetadas. Las ayudas en el mar por humanidad no pueden sustituir a la política que ponga fin a un flujo masivo que supone una agresión permanente a los países europeos. Pero en todo caso lo que se tenga que hacer se debe hacer al margen de groseras manifestaciones de la peor hipocresía de la ONU, un organismo que tantas veces ha favorecido políticas directamente responsables para las tragedias que empujan a millones de seres humanos a querer llegar a las afortunadas zonas del mundo en las que existe el capitalismo, la libertad y la ley. Eso que tantos desde la ONU combaten.

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