Aloma Rodríguez

Mi tío

"Me acuerdo de mi tío descubriendo la lectura a raíz de su enfermedad. Me acuerdo de su boda en Ejulve, el pueblo de mis abuelos. Me acuerdo de mi tío llevándome a hombros en la Gran Vía de Zaragoza"

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Mi tío
Foto: Jacques Tati
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

El 29 de diciembre mi hijo mediano cumplió tres años. Su hermana mayor quería hacerle una fiesta y fabricamos una piñata que colgamos de la lámpara-ventilador del salón de la casa de mis padres, en Garrapinillos. Dijo que los invitados podían venir disfrazados si querían. Un poco después de la piñata y la tarta llegaron mi tía Isa, su marido, mi tío José Antonio, y mi abuela, la abuela Bisabel para mis hijos. En la entrada, mi tía Isa sacó de una bolsa gorros y collares y se los pusieron antes de entrar al salón. No tomaron tarta: mi tía Isa no quería, a mi tío José Antonio le dije que era mejor que no comiera, la habíamos hecho entre todos y no podía asegurar que estuviera libre de gérmenes. Desde hace casi cinco años, mi tío José Antonio va a todas partes con una mascarilla, antes era peor: iba con oxígeno. El trasplante de pulmón había ido bien, pero estaba siempre inmunodeprimido para que no hubiera un rechazo. Él y mi tía comían un poco alejados de los demás, de sus ollas y ensaladas nadie más podía coger, sus platos, cubiertos y vasos estaban recién fregados antes de que los usaran. Así que era mejor que no se acercara a la tarta de galletas con chocolate que habíamos preparado por la mañana, sí.

Estuvieron un rato jugando con los niños, mi tía me dio dinero para mi hijo mediano. Se iban esa misma noche hacia Valencia, donde viven desde que mi tío entró en lista de espera para el trasplante de pulmón. Qué pereza viajar de noche, dije. Estamos acostumbrados, dijo mi tía, pero deberíamos irnos ya. Por la medicación que tomaba, ahora mi tío se había quedado sordo, ni siquiera con el audífono nos oía. Hablábamos a gritos y vocalizando mucho para que pudiera entendernos. Como tampoco se oía a sí mismo, nos respondía también a gritos y nos hacía reír. Mi tía Isa decía que si se iban, y mi tío José Antonio respondía que mejor que salieran ya, pero no se entendían del todo. Antes de que salieran, mi hermana quiso hacerles un retrato: le habían regalado una Polaroid para su cumpleaños. Eso retrasó más su viaje: había que esperar a que terminara de revelarse.

En la foto, mis tíos están sentados, con collares, sombreros de fiesta y rodeados de mis hijos. Mi tío lleva la mascarilla. Conseguimos que salieran todos mirando a la cámara. Me habría gustado que la foto hubiera quedado un poco más luminosa, como mi tía Isa.

Mi tío murió la madrugada del 8 de enero en el hospital de La Fe de Valencia. Después de haber pasado las últimas navidades como solía hacerlo antes, repartidas entre Zaragoza y Orihuela. Me acuerdo de mi tío descubriendo la lectura a raíz de su enfermedad. Me acuerdo de su boda en Ejulve, el pueblo de mis abuelos. Me acuerdo de mi tío llevándome a hombros en la Gran Vía de Zaragoza. Me acuerdo de mi tía Isa llamando a mi tío José Antonio desde el teleclub de Cantavieja. Me acuerdo de mi tía Isa contando la historia de cómo se había enamorado de él porque había hecho volar una cometa en la playa. Lo recuerdo para siempre riendo.

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