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Mi familia y el imperio británico

Mi familia política es neozelandesa. Hace poco, cuando se produjo el  referéndum para cambiar  la bandera, casi todos los que votaron lo hicieron a favor del nuevo diseño. La razón principal era quitar la Union Jack. Votaron en contra la abuela, la mayor de la familia, y uno de sus hijos, que quería cambiar de bandera pero estaba en contra del gobierno que impulsaba el cambio. Hubo alguna abstención.

La primera vez que llegué a Nueva Zelanda, el país al que más me recordó fue Reino Unido. En muchas cosas los neozelandeses se oponen a los británicos (y especialmente a los ingleses), pero sigue habiendo mucha influencia y muchos parecidos. En la familia hay una cierta ambivalencia: por una parte, creen que el Reino Unido les abandonó: entre otras cosas, al entrar en Europa antes o al imponer restricciones migratorias sobre los neozelandeses (muchos pasan un tiempo viviendo en Londres). Por otra, les gustaría quitarse de encima algunos de sus símbolos e instituciones, como la reina y el gobernador general. Aun así, viven este conflicto con bastante relajación.

La mayoría de los antepasados de mi novia son de origen inglés, pero buena parte de la familia prefiere subrayar sobre todo sus raíces irlandesas y polacas. “Cómo se nota su sangre irlandesa”, decían cuando mi hija pedía más patatas.

Los dos abuelos de mi novia lucharon en la Segunda Guerra Mundial junto a las tropas británicas. Hace unos años, ella fue a visitar la tumba de un tío abuelo que había muerto en la batalla del Somme. Su tío fue destinado a Hong Kong como abogado de la Corona, y más tarde fue enviado a la isla Pitcairn, habitada por los descendientes del motín del Bounty, para ejercer como juez de la Corona en el escándalo de abusos sexuales de la isla.

Siempre que vamos vemos a Roy. Tiene algo más de ochenta años y nació en Ceilán, actualmente Sri Lanka. Ahora tiene la nacionalidad australiana, pero va a Nueva Zelanda de vacaciones, a practicar ciclismo. Una de sus bromas recurrentes es: “I’m terribly British, you know”. Estudió en la India y más tarde en Egipto. Su familia tenía plantaciones de té, que fueron expropiadas durante la independencia de la isla.

-Mi padre odiaba las bolsas de té -me dijo Roy una vez-. ‘Es una estupidez de los americanos. Nunca pondré mi té en bolsas’, gritaba. ‘Cariño, no puedes luchar contra el progreso’, le decía mi madre.

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