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Matar a Castro

Del horroroso siglo veinte sólo nos quedaba Castro y la penicilina. Se apaga el comandante sabiendo que con él su obra desaparece y hasta los antibióticos están perdiendo la batalla, las bacterias se hacen más listas y más fuertes

Como la sombra de Papá Noel, enfermo y dolorido, de nuevo se muestra el comandante a los suyos, y cualquiera de estas ocasiones será la penúltima. Ya ha abandonado su uniforme de soldado irregular -gracias a Dios también el chándal que lo denigraba de forma innecesaria-, pero aún quiere servir a esa revolución que no tiene futuro más allá del último pelo de su barba. Porque el socialismo cubano es Fidel, sólo Fidel. Raúl es una prótesis que difícilmente sobrevivirá a la extinción de su Sarumán particular. Lo saben en Miami y ya están preparando el desembarco con millones de botes de pintura, para que La Habana reluzca de nuevo, para empezar por fin el nuevo siglo.

Con la muerte en los talones de sus babuchas, al viejo guerrillero se le deben aparecer ahora los camaradas que dejó caídos en la Sierra, como a Scrooge le visitaban sus fantasmas, y también los gritos agónicos de los presos torturados, el cemento doloroso con el que ha cimentado su triunfo. Porque hay quien hace resistir una victoria, y de eso es Fidel Castro el ejemplo semivivo. Nadie ha podido doblegarle: ni los disparates de los Kennedy -que eran la versión política del rat pack- ni John Wayne Reagan, ni el ron con cocacola, ni el estrépito jubiloso que hizo el Muro al derrumbarse. Hasta sobrevivió su poder a la visita del Papa polaco, que era todo un especialista en derretir socialismos con la mirada. Sí, quien resiste vence, a Cela le encantaba decirlo. Y aunque la victoria de Castro deje a una isla mitad burdel, mitad barraca, yo quisiera que los de Miami dejasen en pie alguna estatua, que no cayesen en la trampa de borrar el pasado como si no hubiese existido, que no hace bien a nadie reinventar la historia, y que es más digno saber respetar a los enemigos. Yo hasta siento lástima por ver al Ché en posters, compitiendo con Justin Bieber, prisionero en los gimnasios de los palacetes de la Moraleja, donde hacen musculitos los progres de salón y rayos uva.

Del horroroso siglo veinte sólo nos quedaba Castro y la penicilina. Se apaga el comandante sabiendo que con él su obra desaparece, y ahora hasta los antibióticos están perdiendo la batalla, que las bacterias se hacen más listas y más fuertes. Quizá porque resistir no basta. Porque todo pasa, cambia, muda, torna, y sólo Roma permanece.

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