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Más plurales, menos pluralistas

Foto: Leah Millis | Reuters

Tantos días después y sigue sin estar muy claro quién ganó las midterms americanas. Los Demócratas ganaron el control de la Cámara de Representantes y los Republicanos reforzaron su control del Senado. Y quizás es por esto, por no saber si celebrar el principio del fin de Trump o seguir llorando el principio del fin de la democracia, informaban que este es el Congreso más plural de la historia de los Estados Unidos. Dos musulmanas, una millennial del Bronx y de orígenes puertorriqueños, una lesbiana, dos nativas americanas, dos latinas de Texas… Y el primer gobernador gay, en Colorado.

Se diría que es la primera buena noticia que nos dan unas políticas de identidad a las que nos habíamos a considerar culpables del auge de Trump y, también o por eso, de poner en riesgo el futuro de la democracia. Ya desde la mañana siguiente de las elecciones del 2016 se acusó a Hillary Clinton y al Partido Demócrata de haber abandonado la retórica nacional y haber centrado su discurso y sus políticas en la exaltación de las diferentes identidades. Y lo que empezó como una crítica principalmente estratégica, por poner en riesgo el poder demócrata, pronto se convirtió en una crítica moral, por poner en riesgo el poder de la democracia. Los discursos y las políticas de identidad se empezaron a criticar como algo malo en sí mismo y no sólo por facilitar la victoria de Donald Trump. Se empezaron a criticar en nombre de la libertad y, sobre todo, en nombre de la nación que la hace posible.

Los demócratas han hecho poco caso a sus críticos. Y, de hecho, el único que ha querido hacer suya de forma explícita y evidente la causa del discurso nacional es Donald Trump, reivindicándose sin complejos como un nacionalista y demostrando que usando las mismas palabras se pueden decir las cosas más distintas. Y es así como estas elecciones han dejado un Congreso americano más plural pero menos pluralista, con unos demócratas más encerrados en la reivindicación de identidades particulares que tienden a ser autoexcluyentes y unos republicanos de retórica más nacionalista que tiende a ser uniformadora. Estos son los dos modos de moda de la política identitaria.

Porque, en el fondo, tanto el nacionalismo de Trump como los particularismos demócratas adolecen de lo mismo. Y quizás es por eso que tenemos tantas dificultades para encontrar las palabras justas de crítica como para encontrar discursos alternativos justos y mejores. Porque lo que vemos aquí no es una perversión de la democracia tanto como una manifestación, más o menos grotesca, más o menos desagradable, de su propia naturaleza. Porque la democracia consiste precisamente en este extraño juego de juntarse y separarse. O, mejor dicho, de separarse y de juntarse, porque el primer movimiento de la democracia es siempre el de separarnos de nuestros lazos más cercanos y naturales, los de la familia o los de la tribu, para hacernos individuos dejándonos solos frente a la urna y frente a la conciencia.

En esto consiste la libertad democrática, que es siempre un separarse, y esto es lo que entienden los padres del liberalismo y el nacionalismo comme il faut pero que no entiende la política identitaria, que cree que uno nace siempre como parte de un todo más o menos grande, más o menos cercano, y que no hay manera de salir de él. Por eso no entiende que haya manera de ser libres en el sentido más democrático del término, porque no entiende que es una falsa paradoja de la democracia el que tengamos que hacernos individuos para podernos hacer nación; el que tengamos que separarnos para volver a juntarnos y para volver a separarnos…

En el juego de la democracia somos siempre como aquellos erizos del cuento, que se juntan para no morir de frío pero que cuando se juntan demasiado se pinchan y se tienen que volver a separar. Por eso hace todavía pocos años nos preocupaban la desafección y el individualismo creciente de nuestras sociedades democráticas con la misma intensidad y por los mismos motivos por los que ahora nos preocupamos de la creciente tribalización de las mismas sociedades y de las mismas democracias. Se diría que no estamos contentos con nada y se diría bien, porque lo que demuestra el movimiento de nuestras preocupaciones es que la vida democrática no admite equilibrios ni estabilidades definitivas y que todo es un constante hacerse y deshacerse.

Y si gracias a Trump y gracias al proceso no nos cansamos ni nos cansaremos de oír que la nación es un grupo identitario más, es de justicia reconocer que la nación no es un grupo identitario cualquiera. Que la identidad nacional ha permitido la democracia y la libertad que tantas otras identidades han negado y destruido. Y que esto demuestra que la alternativa fundamental de nuestro tiempo no es entre discursos, políticas o grupos identitarios y otros democráticos o liberales. La distinción fundamental, la alternativa de nuestro tiempo, es entre discursos, políticas y grupos democratizadores y discursos, políticas y grupos autoritarios.

Es fácil ver y no hay que ir muy lejos con qué facilidad se flirtea con el autoritarismo en nombre de la democracia o cómo se democratizan el discurso y las relaciones en nombre de la nación. Es por eso que se dice poco o se dice mal cuando se afirma que hay que defender la democracia de los discursos o de la ola identitaria que viene si no se dice qué esferas, qué ámbitos, relaciones y decisiones, desde Bruselas hasta nuestros barrios, pretenden hacerse más democráticas, más libres y plurales.

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