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Mario Conde, de opulencia a penitencia

Más de una vez se ha dicho que en Estados Unidos se admira al hombre que comienza por vender periódicos y termina por hacerse rico, en tanto que en España gusta más el caso del hombre rico que termina vendiendo periódicos por sobrevivir. Algo de ambas historias hay en Mario Conde, con quien la tentación hoy es ejercitarse en la impiedad, del mismo modo que hace veinticinco años la tentación de tantos fue el exceso en la alabanza.

Será que Mario Conde ha condensado como nadie el paso de la opulencia a la penitencia, desde esos últimos años ochenta en que España empezó a conocer aires de ostentación, de dinero fácil permeado de conspiraciones, de ‘beautiful people’y de pelotazo; de vicio dulce del felipismo. Por entonces, su estilo resumía la agresividad de un tiburón con maneras de alta escuela, entre idas y venidas a sus fincas –notablemente La Salceda, en los Montes de Toledo- o posados fotográficos en los yates, crecientemente grandes, de su propiedad. El mundo era fácil para un Mario Conde que gozaba del éxito como quien arranca una fruta ya madura, espejo de ‘yuppies’ que aún obtendría un doctorado honoris causa de la Complutense en 1993, antes de que la intervención de Banesto le hiciera pasar a la condición de verduras de las eras. A Conde le ha tocado protagonizar la fábula moral de una época, de la Moncloa y la Zarzuela al patio de los presos de Alcalá-Meco.

En buena parte, Mario Conde perdió por sus deméritos todo lo que había logrado con sus méritos. El joven Conde pasó a la facultad de Derecho en Deusto donde logró combinar la fama de seductor y las artes del savoir vivre con un don acentuado para ser jurista, con horas de estudio que fueron la paciencia de la ambición. De aquella época queda la leyenda de sus apuntes vendidos y multicopiados, su amistad con un Fernando Almansa que, con el tiempo, sería jefe de la Casa del Rey. Recién licenciado, Conde conoce a Lourdes, su futura mujer, su último y único apoyo en tiempos de deserción. El noviazgo fue todo lo frustrante que puede ser un noviazgo entre una chica joven y un chico que pasa mañana y tarde frente al temario de las oposiciones a la Abogacía del Estado. Pese a todo, perduró.

“¡Este hijo de p… sabe más que el tribunal!”, dicen que se dijo por los corredores de las salas donde se hacían los exámenes orales de la oposición. Y, en efecto, un Mario Conde de veinticinco años estaba logrando no sólo ser el primero de su promoción sino alzarse con la tercera mejor nota que –hasta entonces- se había alcanzado para este singular cuerpo de la Administración. Conde elige Toledo como destino, para luego figurar como Jefe de Estudios de la Dirección General de lo Contencioso del Estado, ya en Madrid. Son tiempos de paz familiar, de las primeras vacaciones en Mallorca, de ser tanteado –a finales de los setenta- por la UCD. Poco antes se dio uno de esos encuentros que decantan una vida: en 1976, Juan Abelló, niño bien del sector empresarial y heredero de Antibióticos SA, quiere a un abogado del Estado para ayudarle con la empresa. En menos de una hora concretan hasta el sueldo.

Ya en Antibióticos, el primer envite de Conde sería la venta del laboratorio familiar a la multinacional Merck, Sharp and Dohme, por 2,700 millones de pesetas de la época. Las migas de la comisión fueron suficientes para que Conde –del bracete de Abelló- comenzara a jugar sus propios juegos dinerarios. Antibióticos, en cualquier caso, triplicará facturación, y Conde hace su segundo envite de leyenda al venderlo a la italiana Montedison por cerca de 60,000 millones de pesetas: la operación privada más sustanciosa realizada hasta entonces en España. No por eso Conde se iba a conformar. Es por estas fechas que un Conde ya crecido muestra interés por coleccionar pintura cubista, afición de rico.

En octubre de 1987, el mismo año de la  venta de la empresa del Frenadol a los italianos, el dividendo alcanzado le permite a Conde entrar en el capital de Banesto con una delicadeza, digamos, de elefante. La entrada de Conde en Banesto sería definida por Carlos Solchaga como “el cambio de poder económico más importante ocurrido en la historia de España”. Veáse ahí el contraste entre la pareja Conde-Abelló, con un Abelló que no quiere reuniones antes de las once de la mañana por gustarle poco madrugar, con la vieja guardia de José María López de Letona. El puesto de vicepresidente ejecutivo –no en vano Conde era uno de los mayores accionistas individuales de la entidad- sería un tránsito brevísimo hasta la sustitución de López de Letona en la presidencia. Estos eran los modos de la nueva generación: Conde y Abelló habían rechazado la fusión con el Banco de Bilbao por la voluntad de quererlo todo para ellos. Sí orquestaron una fusión con el Central de Escámez pero quedó en nada. Consta para la historia la intervención en estos manejos del trujimán Javier de la Rosa, quien con el tiempo pasaría con Conde del Villamagna a la prisión.

A la llegada de Conde a la presidencia, el vetusto Banco Español de Crédito cargaba con un agujero de 100,000 millones de pesetas. En 1989, es decir, sólo dos años después, la gestión de Mario Conde, de las Supercuentas a ese dernier cri de la Corporación Industrial, los cerca de 300,000 accionistas de Banesto habían recibido dividendos. Conde era el talento de la época pero entre él y sus colaboradores gestaría una compleja pasamanería financiera que resultó en mucho beneficio particular y en un agujero de más de 600,000 millones de pesetas en Banesto. La bonanza del banco y el éxito de Conde no estaban asentados sobre humo sino –directamente- sobre la ilegalidad y la corrupción. El día de los Inocentes de 1993, Mariano Rubio, a cargo del Banco de España, destituye a Conde e interviene la entidad. Comienza la caída sin fin de Mario Conde, ejemplo de que la corrupción de lo mejor es lo peor o –en términos más llanos- de que quien mal anda, mal acaba. Y sí acabaron sus sueños de ejercer influencia política a la derecha y a la izquierda y ser árbitro mediático con Antena 3.

El iter judicial de Conde comienza con una condena en 1994 por estafa de 7,000 millones de pesetas y se eterniza en 1997 con la condena a seis años de prisión por Argentia Trust, condena que la Audiencia alzaría hasta los diez años y el Tribunal Supremo, con afán aleccionador, hasta los veinte años. Conoció su tiempo in carcere et vinculis, aunque ni los pecados ni los reveses le hicieron perder la cintura de torero, esa inteligencia que al final no pudo con su ambición. Los últimos años de Conde, de la revista MC a los platós de El gato al agua, del funeral de Lourdes Arroyo a su separación de María Pérez-Ugena, con tiempo todavía para fracasar en la política, están siendo un ocaso interminable, la historia del hombre que de serlo todo y tenerlo todo pasó a perderlo todo, con el agravamiento de su propia culpa. La Guardia Civil lo detiene, la Justicia pondrá orden en sus finanzas. Higiene de la ley frente a una opinión pública que lo alzó como ahora lo deshace. Quizá debiéramos cuidar más a quién admiramos.

Nota del autor: la primera versión de este perfil apareció en la revista Época.

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