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Marc Gasol, de frente

Me gusta el deporte. Y adoro el baloncesto. Y por ambos motivos siento formidable respeto por los hermanos Gasol, Pau y Marc.

Me gusta el deporte. Y adoro el baloncesto. Y por ambos motivos siento formidable respeto por los hermanos Gasol, Pau y Marc. Ambos son deportistas de primerísimo nivel, celebrities del show business, y lo hacen compatible, como muy pocos, con comportarse como ciudadanos normales, alejados del divismo insportable de tantos. Pau siguió la estela del inmenso Fernando Martín y ha alcanzado cotas inimaginables. Marc, con el peso fraternal a su espalda, se ha convertido en uno de los pivots decisivos y decisorios de la NBA, y en el mejor sin duda de Europa. Tarea nada fácil.

Tras una lesión severa de ligamentos, Marc ha vuelto a lo grande siendo esencial en la victoria de los Grizzlies frente a los Thunder. En la imagen de Lance Murphey, Marc pelea  en solitario con Jeremy Lamb, a quien refuerza Dereck Fisher con Reggie Jackson al acecho. De los suyos, solo Tayshaun Prince otea el movimiento en la distancia. La cancha a reventar. Marc, con su clásico gesto de león encorajinado, defiende la posición con el brazo, la cadera y los riñones frente a tipos más atléticos, pero menos rocosos. Su tesón es admirable. Aunque es Pau quien ha consagrado el apellido, Marc solito habría encumbrado a esta familia de Barcelona que vive por, para y del baloncesto. No me cabe duda. Es un jugador excelente.

Marc, me consta, es además un profesional intachable y un caballero de máxima solvencia en todos los órdenes. Un dato nunca publicado, que conozco al detalle. Antes de optar por dar el salto a la NBA, tenía decidido fichar por el Real Madrid si al final no cruzaba el charco. Concluyó que debía trasladarse a Memphis y no se consumó un fichaje que habría sido muy polémico.

Adoptada ya la decisión de jugar en la NBA, pero no de conocimiento público, se celebraba en el Palacio de los Deportes de Madrid un partido amistoso de la selección española. Marc, ya en el parquet, observó al otro lado de la cancha a la persona con la que se había comprometido para vestir de blanco en España. Cruzó la pista de extremo a extremo y a la vista de todo el mundo se fundió en un abrazo con él y le comentó: “Creo que he acertado, pero habría sido feliz también junto a vosotros”. Al finalizar el partido alguien le dijo que aquello le podía perjudicar. El respondió, serio y firme: “No perjudica en la vida ir de frente y por derecho. Y si perjudica, es igual”. Pocos lo habrían hecho. Pues eso. Un tipo de los que quedan pocos.

 

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