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Mao y Coca-Cola

Sucede que la fascinación por el modelo chino no es algo nuevo, sino cambiante. Pekín, que se ha convertido en la gran obra del 68: un sistema capaz de compenetrar el desarrollo del mercado con el poder totalitario del Estado

En las cenas de estos días, y desde hace varios años, es habitual que el enterado de la familia acabe sentenciando con voz muy grave: el futuro es China. Luego suele contar algunos datos macroeconómicos que nadie entiende muy bien -excepto que hay un chingo de chinos, y que eso tiene que tener algún efecto-; pero también sabe añadir al torrente de cifras historias de hondo interés humano, como que un amigo suyo ya ha viajado a Pekín un par de veces, que cada vez más niños estudian mandarín en una escuela de Majadahonda, o que él mismo compra felicidad y ahorro por un euro en el bazar oriental de su barrio. No es nada original, los expertos que desfilan por la tele y la universidad sostienen tesis parecidas, pero más pedantes.

Sucede que la fascinación por el modelo chino no es algo nuevo, sino cambiante. La generación que está ahora en los sillones más mullidos, en las mansiones más horteras, en los despachos más altos, ya miraban al lejano Oriente en su también lejana juventud. Son los mismos tipos que recorrían Paris agitando el libro rojo de Mao y haciendo frases que parecían concursos para un spot de detergente: la imaginación al poder, debajo de los adoquines está la arena de la playa, prohibido prohibir... Sí, el sesentayochismo era una sombra chinesca. Con ingenuidad adolescente mezclaban el maoísmo con cannabis y coca cola, diseñando el siglo XXI desde el mal gusto de aquellos pantalones de campana. Resultaron proféticos. Los que supieron leer el signo de los tiempos todavía andan por las instituciones mundialistas, alternando orgías con menores de edad con paternales consejos a los países en desarrollo. En realidad su modelo ha triunfado. Todo fluye hacia Pekín, que  se ha convertido en la gran obra del 68: un sistema capaz de compenetrar el desarrollo del mercado con el poder totalitario del Estado. Mao debe estar retorciéndose en el infierno.

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