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Mandela, santo súbito

Sólo sus exesposas se permiten el lujo de criticarle, aunque nadie las escucha porque son como los cenizos que discuten la estatua que ha entusiasmado a un pueblo.

En twitter hay un gemido general, pelín adolescente, exagerado, como si al desaparecer Mandela el mundo hubiese perdido una de las razones que lo hacían habitable. Era casi previsible, sólo le faltaba morirse, porque el sudafricano ya forma parte de la iconografía imprescindible de nuestro tiempo, y las redes sociales sólo cumplen con el universal velatorio del santo. Madiba no tiene que esperar proceso canónico alguno, él se ha elevado al culto por aclamación, que era el método de la iglesia primitiva: en olor de santidad y en loor de multitudes. El mito de Nelson Mandela -en realidad más mágico que religioso- excede a su biografía hasta transformarse en bien absoluto, las sombras de su curriculum se han enterrado muchos lustros antes que su propio cuerpo, y no resulta de buen gusto recordarlas, como ahora tampoco se comenta la vida de Gandhi en Sudáfrica, que nunca fue la de un simpatizante del CNA, y arruinaría la película de Attenborough. A Mandela igual, mejor obviar lo que chirríe, que también le acaban de estrenar su cinta. En los altares -en las pantallas- debe aparecer sin mácula, convertido por el mundo en personaje de bondad literalmente incuestionable, indiscutible, inapelable, y sólo sus exesposas se permiten el lujo de criticarle, aunque nadie las escucha porque son como los cenizos que discuten la estatua que ha entusiasmado a un pueblo. 

Ahora empieza, también, la carrera por apropiarse del mito. Obama casi lloró en su celda. Otegui le copió la idea de hacer de su número de preso un cartel de propaganda. Artur Mas alaba su construcción de una nueva identidad nacional, y Rajoy lo incluye en su corazón con un tweet algo cursi, nada gallego. “Hasta siempre, Madiba”, concluye, unido al coro universal de alabanza, un gemido general pelín adolescente. Exagerado. 

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