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Los libros que nunca leemos

“Es la época en que el alpinista sueña con la montaña que pronto escalará, y también el Buen Lector elige su montaña para dejarse la piel en ella”, prosigue el escritor italiano. Es lógico pensar que de este fragmento surge la conocida metáfora alpina –los ochomiles de la literatura como los libros ilegibles– pero, ¿a qué obras se refiere?

Foto: Priscilla Du Preez | Unsplash

Me enfrento a las vacaciones de Semana Santa con el dilema de siempre: ¿qué libro me llevo para estos días de descanso? Temo fallar y arruinar mi viaje si la elección resulta decepcionante. “El Buen Lector espera las vacaciones con impaciencia”, escribió Italo Calvino en su relato Los buenos propósitos en 1952. “Es la época en que el alpinista sueña con la montaña que pronto escalará, y también el Buen Lector elige su montaña para dejarse la piel en ella”, prosigue el escritor italiano. Es lógico pensar que de este fragmento surge la conocida metáfora alpina –los ochomiles de la literatura como los libros ilegibles– pero, ¿a qué obras se refiere? Fundamentalmente a aquellas que se asemejan a excursiones de gran duración, de meticulosa preparación y de profunda mentalización. ¿Y cómo debe sentirse el lector-alpinista que no consigue llegar a la cima?

Afortunadamente son muchos los que no lo consiguen. Por ello, el consuelo es mayor, aunque se trate de libros recientes. La broma infinita, de David Foster Wallace es, por ejemplo, mi ochomil fallido. Indudablemente, los libros –como los amores– que se resisten, acaban siendo los más ardientes de una vida. Me pasó hace poco con la Comedia de Dante Alighieri que sólo pude leerla hace unos meses cuando José María Micó le metió mano, poesía y dientes a su traducción.

Pero no crean que todos los ochomiles fueron escritos para sufrir. Muy al contrario, existen montañas literarias que el lector escala con entusiasmo y desciende con satisfacción; es más, algunos de estos montículos librescos pueden abordarse a pleno pulmón y sin miedo a la muerte: leí Rayuela un verano inolvidable en Formentera, Ada o el ardor cayó en una plúmbea convalecencia, Crimen y castigo se doblegó mientras me derretía un agosto en mi Valencia natal.

El relato de Italo Calvino finaliza de un modo abrupto: al Buen Lector se le cruza una joven rubia que trastoca sus planes y entonces “vuelve a colocar los libros intactos en la maleta”. El peligro de subir un ochomil es que acabe convirtiéndose en mero turismo: ¿Y si uno ya no sufre leyendo El hombre sin atributos de Musil? ¿Y si La montaña mágica de Mann acaba convirtiéndose en fast-food literario? Menos mal que siempre nos quedarán Pynchon y Joyce. El escritor y traductor Eduardo Lago lleva tiempo traduciendo Finnengans Wake, el libro más ininteligible de la historia que, según cuenta la leyenda, fue escrito en un idioma inventado que Joyce empleaba con su hija Lucía que, recluida en un sanatorio, creía ser un crucigrama viviente.

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