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Los iconoclastas inversos

Foto: Beatrrix Stampfli | AP Images / Archivo

Retirar un Balthus, censurar Lolita, reprobar a Hemingway: ni una sombra de sospecha debe proyectarse sobre las representaciones culturales con las que nos entretenemos. Porque hacemos algo más que entretenernos con ellas; nos formamos. O sea, asimilamos modos de ver y juicios de valor que incorporamos a nuestra percepción de la realidad y acaso a nuestro comportamiento. Todo aquello que pueda ser juzgado sexista, racista o supremacista debería por tanto ser prohibido. No es censura, sino salud pública.

Así razonan, aproximadamente, los iconoclastas inversos. Son iconoclastas porque, al igual que los antiguos destructores de iconos, se dedican a derribar ídolos. En este caso, los consagrados por la tradición cultural occidental: los grandes artistas del canon. Y son inversos porque, en contraste con los desmitificadores que combaten las certezas establecidas, no persiguen ampliar los contenidos de libertad sino reducirlos. Su operación es reduccionista y a menudo refleja esas “miserias de la mente literal” que ha descrito con agudeza Daniel Gascón.

Resulta chocante que alguien pueda identificar a Humbert Humbert con Nabokov o ver en Lolita una apología de la pedofilia. Ya que estamos, esa portentosa historia de amor que es Ada o el ardor contiene también elementos discutibles: desde la temprana edad de los amantes al lujoso prostíbulo que regenta el dolido Van Veen durante su separación de Ada, por no mencionar el detalle de que ambos son -descubren ser- hermanos. De acuerdo con estas mismas reglas, Mark E. Smith, el inimitable cantante de la banda británica The Fall -fallecido la pasada semana a los 60 años- jamás podría haber hecho carrera: su talante adversativo no dejaba títere con cabeza ni se plegaba a forma alguna de corrección política.

Huelga decir que existen, porque la historia lo ha demostrado, ideas peligrosas. Pero es importante no confundir las ideas peligrosas con las ideas incómodas. Quizá lo peligroso sea no tener ideas incómodas; sobre todo si alguien se empeña en decidir por los demás cuáles son. Y no olvidemos que las obras de arte son representaciones de la realidad y no la realidad misma: Nabokov no secuestró a nadie, ni abundan los lectores de Nabokov que hayan imitado a ese “asesino de prosa exquisita” que es Humbert Humbert. Por lo demás, si las cifras de ventas de Lolita se han beneficiado del malentendido en torno a su naturaleza “picante”, tanto mejor para los herederos del escritor ruso.

Pero, ¿no es precisamente una de las virtudes del arte -esa “finalidad sin fin” al decir de Kant- su capacidad para aproximarnos a las distintas manifestaciones de lo humano? En todas sus formas: de lo sublime a lo perverso. Solo así podemos “salir” de nosotros mismos, de nuestro limitado punto de vista, para abrirnos a otras perspectivas. No es así extraño que el pensador británico Michael Freeden encuentre en el cultivo de las humanidades la mejor justificación para el liberalismo, entendido como una ideología que cultiva el pluralismo epistémico y subraya la provisionalidad de las verdades públicas. Irónicamente, ese mismo liberalismo es el que permite que los iconoclastas inversos defiendan retirar un Balthus, censurar Lolita, reprobar a Hemingway. Y es en la esfera pública democrática donde discutiremos sus argumentos. Aunque, si queremos seguir siendo una sociedad liberal, no deberían prosperar.

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