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Los escritores y el dinero

Todo aquel que quiera escribir hará bien en tener una renta, heredar unas plazas de garaje o –en caso contrario- resignarse a la intemperie y a la sombra.

Todo aquel que quiera escribir hará bien en tener una renta, heredar unas plazas de garaje o –en caso contrario- resignarse a la intemperie y a la sombra. Adiós a la figura del viejo escritor burgués –gran creación civilizatoria- que mascaba pipas bien calefactado. En un mundo en el que Julia Otero es una autoridad moral, la nocilla ha sustituido a la novela y la cultura ha pasado a ser “ocio y tendencias”, cuesta pensar en ningún éxito mundano accesible al escritor que no sea una transigencia directa con el envilecimiento. Ya ni siquiera quedan groupies, fascinadas ahora –ay- con cualquier patán que finge grabar cortos.

La alternativa es mantener un remanente de dignidad en el fracaso. En realidad, así volvemos al paradigma clásico que coloca a los escritores en su humilísimo lugar: ’tis the common fortune of most scholars to be servile an poor, leemos en la Anatomía de la Melancolía. Burton sabía de lo que hablaba. Por supuesto, uno puede aplicarse a ese cucaracheo de ir cada tarde –con barbita rala y camiseta comiquera– a participar en un simposio sobre “Micronarrativa  y empoderamiento femenino”, pero para eso es mejor aspirar a ser “tan anticuados como Stendhal en su tiempo”. Bendito sea ese capitalismo que, con tanta justicia, nos rechaza para no malear la vocación: ¿para qué va a ser consultor de Accenture quien puede perfilar endecasílabos?

Escribir no es llorar, es un privilegio y por eso mismo hay que pagarlo con la renuncia a los amarres en Puerto Banús e incluso –a veces- a esa “vida decente” a la que aspiraba Orwell. Vivamos pues fiados del editor alocado, del mecenas medíceo, de esa columna que resuelve el mes, pendientes siempre de la hermosura del milagro. Gil Albert habló de “la ilustre pobreza” del escritor. Ahora que el alcalde de Detroit da casas gratis a ensayistas y críticos, novelistas y poetas, habrá que recordarle la máxima de nuestra libertad: no podemos elegir no ser pobres, pero sí que no nos den limosna.

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