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Los dioses del golf

Del golf suele decirse que es como la vida, pero la experiencia enseña que se trata de algo infinitamente más complejo.

Del golf suele decirse que es como la vida, pero la experiencia enseña que se trata de algo infinitamente más complejo. El primer ministro Balfour lo ponderó como la mejor adición a las dulzuras de la civilización occidental: debió de hacerlo en un severo ataque de optimismo, habida cuenta del potencial vejatorio de un deporte capaz de reducir a cenizas de humillación la autoestima más blindada. Los dioses del golf –es sabido- castigan toda presunción y sólo premian con el voluble azar de la fortuna. En realidad, quizá no haya mejor juego para ser mal jugador, porque así al menos uno queda en pie de igualdad con los demás.

Tantas paradojas del golf: para lograr la descarga de gracia, el momento epifánico, la exaltación rítmica del swing, nada mejor que tener las piernas feas. Hay quien lo ha juzgado en calidad de purgación propia del espíritu fatalista presbiteriano, un género de masoquismo al aire libre o –más gravemente- la tragedia del hombre en lucha con designios superiores. Por suerte, tanto dramatismo ha conocido su rebaja: para Chesterton, el golf es poco más que una manera cara de jugar a las canicas.

Del contraste de estos pareceres puede llegarse a un consenso practicable, según el cual lo mejor del golf está en la copa en el club, mientras oímos la onomatopeya perfecta del hierro contra la bola o curioseamos, desde lejos, el cuidado de orfebre de un buen putt. También habrá un solaz en el paseo por esos campos donde –en la Costa del Sol o en los jardines del Himalaya- de fondo nunca falta un murmullo de brezo, una nota de turba de la lejana Escocia. Por supuesto, quien se relaje al jugar al golf ha de tener por seguro que, simplemente, no está jugando bien. Hay quien llama a los hoyos “estaciones”.

En los últimos tiempos, nuevas teorías apartan su origen de Escocia y lo llevan a Holanda. Desarraigar al golf de su cuna escocesa puede parecer un propósito inclemente, pero si algo caracteriza al golf es que no es ni nunca ha sido un juego justo. Es un rasgo que, no obstante, tiene sus ventajas: ¿en cuántos deportes puede ganar un señor gotoso de sesenta a un joven de veinte? La pregunta, naturalmente, es tramposa: lo más cierto del golf es que es el único deporte al que todo el mundo pierde.

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