Ignacio Peyró

Los Beatles y la plaga sentimental

Philip Larkin cifrará el nacimiento del sexo en un momento preciso del tiempo: en el "annus mirabilis" de 1963, con el primer elepé de los Beatles.

Opinión

Los Beatles y la plaga sentimental

Philip Larkin cifrará el nacimiento del sexo en un momento preciso del tiempo: en el «annus mirabilis» de 1963, con el primer elepé de los Beatles.

De los ingleses se dijo que, en vez de vida sexual, tenían bolsas de agua caliente, y una vieja pacatería hereditaria impedía pronunciar la palabra «pantalones» sin connotación salaz. Philip Larkin cifrará el nacimiento del sexo en un momento preciso del tiempo: en el «annus mirabilis» de 1963, con el primer elepé de los Beatles, detonante simbólico de la década de la minifalda, la píldora anti-baby y esas comunas del amor libre que, en cambio, no iban a sobrevivir a las axilas sin Gillette. Larkin observa tanta mutación como el triunfo de la cultura juvenil; más prácticos, los Beatles prefirieron entregarse a un bien documentado priapismo.

Lennon encarna ese cambio en las «mores», nacido como John Winston en honor al hombre que salvó Inglaterra y rebautizado como John Ono en honor a la mujer que dinamitó a los Beatles. Uno de sus grandes éxitos consistió en meterse en una cama, a ojos del público, durante una semana, a los efectos de reivindicar la caridad universal. En ese tránsito del suburbio obrero a la mansión Tudor, Lennon iba a abrir el mejor pasadizo al triunfo en la edad de la imagen: escandalizar a una sociedad como quiere ser escandalizada.

Breves como cópula de gato, el sentimentalismo de sus canciones dio finiquito a la textura moral de esa «old England» que había entronizado la timidez como forma suprema de la educación y la ironía como brújula para la intelección del mundo. Era un código de honor, valedero como ideal humano y exportado como modelo universal, sustituido por esa centralidad de la emotividad que ha sido hijuela inevitable de la cultura pop. Desde entonces, para ejercer un dominio sobre las conciencias, ya no hacen falta despotismos ni armas: basta con dosis siempre crecientes de sentimentalismo, es decir, de vulgaridad. Quien lo dude, puede probar a encender la televisión.

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