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Los árboles del señor Green

Para los dendrólogos, los árboles son plantas leñosas capaces de crecer hasta veinte pies; para los jardineros, los árboles fijan la escena, dictan la atmósfera, definen el paisaje. El vizconde de Chateaubriand, sin embargo, tenía a los árboles por presencias vitales: capaz de departir lo mismo con Napoleón que con George Washington, fue a un ciprés –“cuyo origen y cuya historia era solamente conocida por mí” al que le guardó una mayor afinidad. “Parece como si me conociera y se alegrara cuando me aproximo a él”, escribe, y al marchar de viaje, no deja de anotar cómo “las brisas melancólicas” de la partida le hacían inclinar su “amarillenta cabeza” igual que en una despedida. Era una misteriosa inteligencia la que existía entre ambos, sólo destinada a cesar “con la muerte de uno de los dos”.

Siglos más tarde, fue el siempre delicado Julien Green quien dejó constancia de “esa amistad particular que uno sólo concede a los árboles”. Lo suyo fueron los castaños –los castaños de Indias- de París, cuyas primeras hojas ve “como pequeñas manos de avidez”, y a los que concede el mismo don que “el silencio de los enamorados, los juegos de los niños y las ensoñaciones del solitario”. Green nos legó la memoria pungente de su árbol favorito del Trocadéro, antes de una de esas talas que convierten en “mutilados de guerra” a los castaños. A buen seguro, Green escribió sobre aquel marronnier como un deber de la piedad, porque el árbol ha crecido con el hombre –observa con belleza- como si tuviera que protegerlo.

Chateaubriand con su ciprés, Green con su castaño de Indias: cada uno puede tener su propio árbol, nutrido por el tiempo con la misma emoción que la flor funeraria que guardamos en un sobre, o la violeta añeja que cae de las páginas de un libro. Y quizá, cuando llenamos el Instagram de destellos del otoño, o cuando las gentes peregrinan un poco a tientas a Extremadura, a Mallorca o al Japón a ver los árboles, no hacemos sino rendir un tributo instintivo a una sensibilidad superior, capaces de reconocer todavía una belleza, y de sentir que aún nos reconforta como una dignidad. Es mucho lo que se ha dicho de los árboles, eje del mundo, escala del cielo, y será difícil no sentir un anhelo de verticalidad cuando vemos el alzado solitario de una palmera en un claustro. Pero tal vez ante todo los amamos porque en ellos vemos la ración de gracia que nos ha sido dada para la vida. Esa misma gratuidad –como diría Jiménez Lozano- del almendro que entrega a sabiendas sus flores al invierno para decir que el tiempo de la oscuridad se ha terminado.

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