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Lo que queda de un Imperio

Un gobernador de Adén profetizó que, del legado imperial, sólo iban a quedar el fútbol y la expresión “fuck off”.

A la hora de reclutar burócratas para el Imperio, sir Ralph Furse –gran mandarín de la Administración- descartaba a las gentes “de mirada huidiza” o “de apretón de manos lánguido”. No sé qué dirán hoy los vademécums de recursos humanos, pero con esa selección de personal, los británicos abandonaron su destino natural de “trabajar mucho y vivir a base de arenques y patatas” para convertirse en “herederos de los romanos”. Así, cuando murió la reina Victoria, su hijo Bertie pudo encontrarse con dominio sobre “un continente, cien penínsulas, quinientos promontorios, mil lagos, dos mil ríos y diez mil islas”.
 
De ayer a hoy, la máquina del Imperio quedó gripada primero, desacreditada después, caída en todo caso con fenomenal aparato y batahola. De aquella pompa y circunstancia, apenas restan ahora –como granos de pimienta en la anchura cartográfica del mar- unas cuantas plazas improbables, conocidas sólo por quienes buscan caprichos geográficos, paraísos fiscales o heterodoxias filatélicas. Siempre sorprenderá del Imperio la rapidez con que cedió: de un extremo a otro de su vida, Churchill asistió a su mediodía y a su ocaso, pudo ver un sello con la leyenda “tenemos el mayor Imperio habido nunca” y también cómo la Union Flag se retiraba de lugares en los que él mismo había combatido. He ahí las melancolías de la historia.
 
El penúltimo gobernador de Adén profetizó que, del legado británico, sólo iban a quedar el fútbol y la expresión “fuck off”. Asumida tanta culpa, purgada tanta mala conciencia, hoy vemos sin embargo un mundo incomprensible sin la huella imperial, de la vigencia de la common law al comercio de diamantes, del horizonte de Sidney a los bulevares de Philadelphia, del rugby a la representación parlamentaria, el té que bebemos, el curry que humea en el restaurante de la esquina o la lengua que hay que aprender para entenderse por el orbe. Es mucha la civilización cifrada en la peluca de un juez.
 
También queda algo en esos muchachos que batean al cricket lo mismo en Barbados que en Pakistán, sin saber –quizá- dónde queda en los mapas ese condado de Kent donde por primera vez se bateó. En tiempos del Imperio, se dijo que la metrópoli no podía hacer nada mejor para unir a sus pueblos que dejarse ganar al cricket. En tiempos de la Commonwealth, tenemos un apólogo moral: cuando no se puede ganar, aún se puede ser inteligente en la derrota.  

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