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Lo que chirría

A propósito de la gala de los premios Goya que se celebró el pasado sábado, un veterano y conocido locutor de informativos radiofónicos “lo ha petado en las redes”, lo “petó” ayer en las redes, con unas frases que pronunció durante el llamado “comentario editorial” –o sea un discurso que se pronuncia antes de dar paso a las noticias propiamente dichas-.

Animado por el propósito confeso de “provocar” a la audiencia, el locutor manifestó su extrañeza porque en una gala que suele tener connotaciones políticas y servir como plataforma de las causas más variadas, nadie hubiera dicho ni una palabra, nadie hubiera lucido sobre la solapa del smoking el lacito amarillo que exhiben algunos nacionalistas en Cataluña, y que se dejan atados a vallas y alambradas o, ya en tamaño gigante, se cuelgan en las fachadas de algunos edificios oficiales, para reclamar la libertad de los cuatro dirigentes políticos que se hallan en prisión preventiva por presunta rebelión y malversación de fondos, entre otros delitos.

-Ya para provocar—dijo el afamado locutor-: ¿a nadie le chirría que haya unos tíos en la cárcel en prisión preventiva sin juicio ni nada?… Creo que así tampoco se va a ninguna parte.

Si traigo aquí ese discurso no es, desde luego, con la intención de meter el dedo en el ojo del locutor, que supongo que como todo el mundo unas veces acierta y otras se equivoca; sino porque sirve como ejemplo luminoso del síndrome de la equidistancia bonista: una enfermedad –no sé si infantil o senil— que aqueja a cierto izquierdismo que quiere, por ejemplo, que se respete la ley pero que el malhechor no sea castigado por sus crímenes, ya que el hecho de que lo pase mal un ser humano es una pena, y la cárcel un castigo ciertamente desagradable.

Cuando ese bonismo de los buenos sentimientos exhibidos, que no cuestan nada ni comprometen a nada, ingresa en el campo magnético de los nacionalismos, fácilmente incurre en la irresponsabilidad y en la inopia intelectual. En el caso de nuestro país, quienes incurren en esa irresponsabilidad de la equidistancia bonista –como por ejemplo el señor Iceta cuando en las últimas elecciones autonómicas reclamaba un indulto para quienes aún ni siquiera han sido juzgados— y se arrogan la superioridad de los buenos sentimientos luego suelen pagarlo en las urnas.

O “petándolo en las redes”, que es lo peor de lo peor. Y no sólo en nuestro país: Giscard decía que había ganado a Mitterrand las elecciones de 1974 porque durante el debate en televisión, cuando el líder socialista reclamaba un mejor reparto de la riqueza, que era “casi una cuestión de inteligencia, y también una cuestión de corazón”, supo espetarle: “Señor Mitterrand, usted no tiene el monopolio del corazón.”

Los discursos reivindicativos en la ceremonia de los Goya me resultan muy embarazosos, siento que rozan la obscenidad. Pero también puedo estar equivocado. Lo admito. Quizá los cineastas tienen todo el derecho a proclamar sus opiniones y acaso esa entrega de premios sea la tribuna ideal para exponer toda clase de reivindicaciones y dar visibilidad -la visibilidad de los focos—a la defensa de causas justas. Supongamos que es así; pero en tal caso, en vez de reclamar alguna palabra, o algún lacito amarillo, en solidaridad con los golpistas del prusés –lacito que a lo peor hubiera expuesto a quien lo hubiese lucido, ya fuese en la solapa del smoking o sobre el escote del vestido de noche, a tener un disgustillo— y en desautorización moral del juez, ¿no hubiera sido más adecuado llevar un lacito, por ejemplo de color verde, o azul, para reclamar atención sobre los noventa africanos que en días pasados se ahogaron cuando trataban de cruzar el Mediterráneo? Esto sí que es un escándalo, esto sí que chirría.

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