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Libros, libros, libros

Puede que en un futuro no muy lejano el libro electrónico se acabe imponiendo, porque el progreso, como la enfermedad, no respeta nada. En realidad lo único importante es que los libros sigan existiendo, sea cual sea su formato.

Puede que en un futuro no muy lejano el libro electrónico se acabe imponiendo, porque el progreso, como la enfermedad, no respeta nada. Y puede que ni siquiera sea tan horrible como pensamos, y que logremos olvidar el tacto del papel sin ningún trauma insuperable, igual que nuestros abuelos vieron desaparecer los coches de caballos. No lo sé, en realidad lo único importante es que los libros sigan existiendo, sea cual sea su formato, incluso aunque haya que llegar al extremo de Fahrenheit 451, ese mundo horrible donde los textos están prohibidos, y en el que un grupo de resistentes se aprenden de memoria las grandes obras de la literatura, para evitar que desaparezcan.

Dice Juan Vilá -periodista y escritor- que la Feria del Libro es la ocasión de observar a los autores como en un zoológico, y es cierto que parecen enjaulados en sus casetas, algunos soportando a duras penas el éxito, como los osos panda, y otros disimulando como pueden la indiferencia del público, que de vez en cuando para junto a ellos y les pregunta por los baños, o que si saben donde regalan esos globos para los niños, al menos no les echan cacahuetes.

De cualquier manera el acontecimiento bien merece un paseo entre papeles, aunque los adictos debieran dejarse la tarjeta de crédito en casa, lo mismo que los ludópatas cuando pasan por Torrelodones, porque da igual el propósito que te hagas que siempre acabas con más volúmenes de los que puedes pagar, incluso más de lo que es recomendable leer.

Es, en el mejor sentido de la palabra, bueno que a menudo resistamos la tentación y arrojemos lejos de nosotros los mandos de la tele, apaguemos todos los mefistofélicos artefactos que nos secuestran -teléfonos, agendas, ordenadores- y, al fin libres, como si fuésemos hombres de otro siglo, elijamos un libro. No es necesario que sea de Dickens, aunque si por ejemplo abrimos las Grandes Esperanzas tenemos horas de gozo asegurado. En realidad sirve casi cualquier cosa: aventuras de Twain, intrigas de Conan Doyle, costumbres, poesía, humor (¡oh, leer a Jardiel mientras se suda una fiebre primaveral!) El mundo sería mejor si todos leyésemos más, porque con un libro en las manos la vida casi se hace soportable. Leer, el caso es leer, que razón tenía don Colacho cuando afirmaba que los mayores placeres humanos no son los que compartimos con los demás mamíferos.

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