Laura Ferrero

Leer desde los márgenes

La semana pasada presenté un libro que hablaba de las veces que vamos rápido en la vida, que es siempre. El libro en cuestión, Por carreteras secundarias, de Alfonso Armada, era el diario de un par de veranos en los que Armada salió a recorrer esa España deshabitada a la que solo se accede a través de carreteras secundarias.

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Leer desde los márgenes
Foto: Corey Blaz

La semana pasada presenté un libro que hablaba de las veces que vamos rápido en la vida, que es siempre. El libro en cuestión, Por carreteras secundarias, de Alfonso Armada, era el diario de un par de veranos en los que Armada salió a recorrer esa España deshabitada a la que solo se accede a través de carreteras secundarias.

A lo largo de la presentación, yo, que tan mal me arreglo con los micrófonos y con esto de sujetar el papelito e ir leyendo –porque la timidez y la vergüenza no se va de un día para otro– hablé especialmente de esos caminos polvorientos, sin señalización y llenos de baches, que nos llevan al centro de las cosas importantes de la vida.

A lo importante se llega despacio y sin señales.

Yo no conduzco y Alfonso Armada tampoco. Tengo debilidad por las carreteras secundarias, aunque sospecho que lo digo para quedar bien, porque es cierto que a la mínima que puedo me desmarco para ir más rápido, para adelantarme a los acontecimientos y coger aviones y autopistas. Para asegurar el camino con tal de no perderme. Para tratar de llegar antes como si antes fuera puerta de entrada, promesa y condición. Como si antes significara mejor.

Los manuales de autoayuda y los eslóganes publicitarios dicen que la magia empieza donde acaba tu zona de confort. Yo más bien diría que la magia, lo inesperado, ocurre en los márgenes. No solo en los de las autopistas –en las carreteras secundarias– sino en los márgenes de lo conocido. Incluso en los de los libros.

Por eso, hoy, que es el día del libro, querría reivindicar algo de lo que se habla poco: los márgenes de los libros. Me arriesgo con esta generalización: existen dos clases de personas en el mundo, las que subrayan los libros y las que no. Dentro de la primera categoría podríamos incluso hablar de los que lo hacen con bolígrafo, sin miedo al surco y a la marca, o con lápiz, tímidamente, como queriendo no molestar a la página.

Les tengo mucho cariño a los subrayados de los libros porque una vez me enamoré de un hombre solo por cómo leía y por los pasajes que marcaba en el interior de los libros, que eran, claro, los mismos que hubiera subrayado yo de haberlos leído primero. Cuando llega Sant Jordi pienso en que lo que verdaderamente deseamos, como dice Bill Murray en Lost in translation, es que nos encuentren. Ya sea en la vida real o en las palabras que nos cuentan a nosotros y a los que amamos justamente ahí, en los márgenes, cuando transitamos los caminos importantes, los de las carreteras secundarias.

A lo importante se llega despacio y sin señales, pero eso ya lo he dicho. Añado que a lo importante nunca se llega a la primera leída. Se puede cambiar de página pero no de libro, por eso, en el día del libro quería recordar que hay otras historias que no se cuentan en la historia principal. Que hay que estar atentos porque los libros y la vida se escriben en letra pequeña y en los márgenes: es ahí donde anida lo importante.

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