Jorge Freire

Lectura a fuego lento

"La burda actualidad, puesta a calentar en el fuego lento de la imaginación, puede transmutarse en el oro de la literatura"

Opinión

Lectura a fuego lento

Ningún escritor de su talla ha caído en un olvido semejante al de Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911 – Vigo, 1981)A lo largo de los cincuenta, en pleno auge del realismo social, rompía la baraja de la literatura española con fantasías medievales en que desfilaban caballeros, hadas, nigromantes, mujeres de cristal, perros parlantes, estatuas que cobraban vida y hasta la Santa Compaña. Su narrativa, entre la que se cuentan obras maestras como Merlín e familia (1955) o As crónicas do Sochantre (1956), prefigura el realismo mágico desde un sustrato bretón y mindoniense. Pocos autores me han dado momentos más felices.

Según Umbral, de haber nacido en América sería Borges, pero en España dirigía un periódico para vivir. Como director de el Faro de Vigo, criticaba moderadamente en sus editoriales la contaminación, el centralismo, la burocracia… Pero su literatura era la de un fabulador. Exigirle literatura comprometida era, a su juicio, como pedir zapatos en una panadería. En sus propias palabras: «nunca nadie le pidió a Juan Ramón Jiménez que opinase sobre los problemas del campo andaluz, ni a Joyce que hiciera la reforma agraria irlandesa, ni a Carles Riba que solucionase la cuestión de la rabassa morta, ni a Pirandello que acabase con la mafia y la miseria siciliana» (16-5-1962).

Es célebre la defensa de la lectura lenta que Nietzsche hace en el prólogo de Aurora. A su juicio, escribir con lentitud es un placer malicioso, porque de esa manera uno desespera a quienes se apresuran. En esto convendría Cunqueiro, que supo salvar de lo inmediato su obra periodística. Después de huronear en una dilatadísima producción que abarca cinco décadas, el periodista asturiano Miguel González Somovilla ha editado una antología ineludible, Al pasar de los años (Fundación José Antonio de Castro). Sus dos centenares de artículos (de un total aproximado de veinte millares, o sea, un 1%) permiten constatar que la burda actualidad, puesta a calentar en el fuego lento de la imaginación, puede transmutarse en el oro de la literatura.

No sé si me gusta más el Cunqueiro fabulador o el gastrónomo. Pero en estas páginas, que se leen con delectación, hay tantas meigas y menciñeiros como empanadas de xoubas y vasos de albariño. Jung afirmó que, cuando uno pierde contacto con la esfera mítica y queda cercado por el berroqueño muro de los hechos, su salud mental corre peligro. Cunqueiro enseña que la observancia de los hechos no está reñida con el libre juego de la imaginación. 

No es esa la única enseñanza estimulante. Verbigracia: «A mis lectores cuento mi sorpresa o mi preocupación del día, el recuerdo del último viaje, la impresión de la más reciente lectura, y de todo ello quiero deducir y mostrar que la vida es inmensamente rica y que el aburrimiento es una traición. Lo cual no quiere dedir que yo practique una literatura de evasión o que me conforme con el mal o la injusticia, y que no ame la libertad y no busque la miseria desaparezca. Sirvo en un determinado lugar del campo de batalla de la cultura y sería absurdo el pedirme que contribuyese al desarrollo de la repoblación forestal, […] porque una de las cosas que enseña la cultura occidental es a no tener prisa y a operar a largos plazos» (2-5-1964).

Quiero creer que la heroica tarea de Somovilla es solo el inicio y que antes o después se publicarán los artículos completos de Cunqueiro (al fin y al cabo, se logró con Pla, que lo superaba en prolificidad), pero entiendo que es más razonable imaginar hadas y nigromantes. Sea como fuere, pocas compañías hay más deleitosas que la de Cunqueiro. Estos días de aislamiento, todavía más. Quien abra las redes se expone a acabar como el Mister Pinfold de Waugh, asediado por un chaparrón de voces altisonantes y extemporáneas que no quería escuchar. Apaguen las pantallas y entréguense al placer sutil y voluptuoso de la lectura lenta.

En este vídeo, Jorge Freire nos habla de Nostalgia del soberano, de Manuel Arias Maldonado: 

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