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Latidos a golpe de pamela y gospel

Foto: Reuters

Los puristas podrán leer estas líneas y creer que hoy se ha puesto en cuestión la monarquía. El té y los scones se habrán servido como medicina a muchos que no entenderán al Londres de hoy. Nadie más fiel a esta noble institución que yo. Siempre he pensado en todo lo noble y grande que aporta la monarquía a la historia de nuestro gran continente, a pesar de ella misma. Desconozco si esa carroza de Harry y Meghan al galope del Brexit hará que ya no seamos parte de lo que nos une y los británicos encuentren ese imperio que han creído perdido. No creo que hoy eso me importe tanto. Dejo el análisis a los expertos en geopolítica. Hoy escribo desde las entrañas sobre el obispo Michael Curry, que se ha descubierto como el stunning preacher 3.0 y entre todas esas pamelas… Stand by Me, que ha resonado por primera vez entre los muros del templo. En ese momento la BBC no ha querido enfocar a la Reina Isabel. Estaría pensando en si su padre levantara la cabeza qué pensaría o tal vez estaba emocionada porque al final el poder del amor ha hecho temblar hasta los candelabros. Esa Gran Bretaña ha salido a darlo todo por su querido y mimado Harry. Todos le vieron sufrir mucho y demasiado pronto. Le vieron con la mirada perdida. Aquel niño que no entendía nada detrás del féretro de su madre y que como un valiente no derramó ni una sola lágrima.

Hoy, ella parece que con esa gran mezcla de afroamericanos, Elton John, lores y Dios, ha reivindicado su legado. Lady Di hubiera llorado hasta no poder sostenerse. Ella, que no fue comprendida, hoy ha sido entendida. El obispo les ha hablado de alejarse del sentimentalismo para entregarse al amor. Les ha retado a ellos y a todos a cumplir con su deber de ejemplaridad, la Union Flag, el deseo de dos corazones y un imperio como herencia y profesión. Hoy los ingleses se han asomado a los balcones de la patria del decoro y la puntualidad. Lo contenido de una tradición milenaria se ha vuelto americana como si hubiéramos asistido a una regresión emocional e histórica. Y sí, esto es también la grandeza de la Monarquía. La elegancia, los tacones y el sombrero bien llevados, la belleza que perdura y se actualiza con pequeñas carcajadas que antes eran impensables. Esa cercana lejanía es Harry y Meghan. Se saltan el protocolo pero con el selfie en una mano, con la otra han asegurado que quieren ayudar a cambiar el mundo. No han dejado de mirarse desafiando al Big Ben porque cuando hay sueños, no hay relojes sin latidos. No ha sido sólo una boda real. Ha sido la realidad de contagiar felicidad y romanticismo. Y no sé si es la edad (la mía), el coro, la homilía, la mirada emocionada del Príncipe Guillermo o la media sonrisa de Beckham. Da igual. Lo que hoy hemos visto es que hay novelas de Austen que eran verdad. Muchos quieren ser ellos porque la parte más contagiosa del boato de la verdadera realeza, es la belleza. Y luego, la fuerza del amor.

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