Antonio García Maldonado

Las plegarias atendidas del teletrabajo

"Quizá fuera un engorro ir a la oficina cada día, pero puede que fuera un engorro que deparaba y detonaba otros alicientes que también generan identidad y sentido: teletrabajar rompe muchos relatos cotidianos que pueden ser importantes"

Opinión

Las plegarias atendidas del teletrabajo
Foto: Chris Pizzello
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

La pandemia del coronavirus obliga a experimentos sociales imposibles de aplicar en tiempos normales. Al menos en las democracias. Por eso, las crisis son momentos para ensayar la viabilidad o la oportunidad de reivindicaciones o propuestas que llevan tiempo circulando en los debates públicos. Una de ellas es el de la Renta Básica, que parece que conocerá algún tipo de modelo no universal durante la crisis económica que está acompañando a la sanitaria. Y otra plegaria es el teletrabajo, trabajar desde casa o en remoto, lo que permitiría reducir tiempo de desplazamiento, contaminaría menos y nos permitiría –en teoría– conciliar mejor.

Todo eso es cierto –o potencialmente cierto–, aunque también se han señalado los riesgos: se teme un descontrol en el número de horas trabajadas, y la disponibilidad puede resultar excesiva, al no contar con rutinas tan claras que dividan la jornada. Además, las casas tienden a ser pequeñas y la convivencia prolongada puede ser insoportable. En uno de los mejores números de Les Luthiers, el añorado Daniel Rabinovich le cuenta al recientemente desaparecido Marcos Mundstock que su matrimonio es muy triste, que no para de discutir con su mujer, a lo que éste responde:

—Ah, no, yo no, nosotros jamás discutimos, porque hace veinte años que… no nos dirigimos la palabra. Así… se evitan roces.

—Claro, es más higiénico —contesta un comprensivo Rabinovich.

Los veteranos del teletrabajo alertan de todos estos peligros, y advierten de que trabajar desde casa exige un nivel de autodisciplina que no conoce el trabajo presencial. No obstante, lejos de idealizarlo, quien lo prueba repite y lo defiende. Resultad sorprendente la cantidad de gente que aún ha de desplazarse un buen tiempo cada día en transportes públicos llenos, o en vehículos caros y contaminantes, para ponerse delante de un ordenador peor que el que tiene en su casa y con acceso a casi las mismas fuentes de datos y archivos. Seguramente no tiene ya sentido la dinámica social de la economía analógica y del fordismo, con esos hombres del traje gris que iban desde su casa familiar en las afueras a la oficina en el downtown de la gran ciudad, como se ha visto en tantas películas, o en series como Mad Men. Hay algo también de solidaridad con el que no puede teletrabajar, que disfrutará así de servicios menos congestionados e incómodos para desplazarse.

Técnicamente, el teletrabajo no supone casi ningún problema. Sobre el papel y en tiempos de crisis, funciona. Pero existe un riesgo al ser tan taxativos en una materia como el empleo y las rutinas diarias, que engrasan los espacios de socialización y generan sensación de comunidad. Elementos que se han resentido en las últimas décadas, ayudando con ello a cebar el malestar. Lo que nos dice la evidencia científica de la neurociencia o la psicología social es que necesitamos más socialización y no menos. Y que la socialización digital ha demostrado tener limitaciones. Quizá fuera un engorro ir a la oficina cada día, pero puede que fuera un engorro que deparaba y detonaba otros alicientes que también generan identidad y sentido: teletrabajar rompe muchos relatos cotidianos que pueden ser importantes.

En las décadas pasadas, al hablar de flexibilidad laboral se cometía el error de minusvalorar el peso real del trabajo en sí –no solo del hecho de trabajar– en la vida de cualquier ciudadano en edad activa, y quizá el entusiasmo por el teletrabajo nos lleve a cometer los mismos errores de entonces: el de creer que lo que funciona para mí, ha de funcionar necesariamente para los demás, y el de pensar que porque a una sociedad le funcionen las cuentas de resultado y los balances, es una sociedad necesariamente feliz. Viva el teletrabajo, pero no desdeñemos tan alegremente las oficinas y su papel vertebrador en otra necesidad igual de básica que el salario. Un equilibrio entre ambos polos, con capacidad para decidir la carga de trabajo en casa y con un aliviadero oficinesco ocasional, bien en una sede o en un coworking, parece una buena solución más deseable para cuando todo esto pase que el teletrabajo total.

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